Entrevista a la escritora y periodista cubana Marta Rojas
"América va a jugar un papel estelar en el siglo XXI"
Lunes 17 de diciembre de 2007, por Corresponsalía Córdoba *

La reconocida pensadora cubana Marta Rojas pronostica una relevancia económica de la región y de China debido a la “decadencia” de EE. UU. También habla de Fidel Castro, Chávez, la Guerra de Vietnam, su encuentro con Ho Chi Minh, y el “periodismo participativo”.

El 17 de febrero de 1957, Herbert Matthews, periodista de The New York Times, fue el primero en todo el mundo en entrevistar al joven Fidel Castro en la Sierra Maestra. Reflejado por casi todos los medios de la época, ese hecho puso en foco el alto grado de estrépito político-civil que había hundido al revolucionario cubano y al dictador Fulgencio Batista en una ciénaga inimaginable para un país de tan escasas dimensiones.

Sin embargo, Marta Rojas había comenzado a registrar las luchas intestinas en el país isleño incluso mucho antes que la entrevista de Matthews despertara la atención de la comunidad internacional sobre los conflictos. La censura batista impidió que sus artículos vieran la luz si no hasta 1959, cuando la Revolución Cubana tomó cuerpo ya con Castro en el poder. De ahí en adelante, Rojas asistió como reportera a numerosas convulsas y dislocaciones de poder en América latina. Hasta llegó a ser la primera periodista mujer de este continente -y la única en la Guerra de Vietnam- en entrevistar al líder vietnamí Ho Chi Minh. Pese a sus logros profesionales, al principio no advirtió al periodismo más que como algo latente pero de límites brumosos.

“Yo tenía el deseo de estudiar medicina. Pero también me gustaba escribir. Me molestaba eso de tener que estudiar siete años; después dos años de internado... Tal vez no era realmente mi vocación, sino mi embullo. Y en vez de estudiar medicina, yo quería estudiar una carrera de letras. Y la carrera de letras más corta y barata era el periodismo. Yo ingresé a la escuela de periodismo que estaba en La Habana. Eran cuatro años, pero como ocurrió el golpe de Estado de (Fulgencio) Batista en el ’52, se desfasó unos meses en que no estaban abiertas las escuelas superiores. Y terminé en el ’53 la carrera”, recuerda hoy la escritora. Nacida en Santiago de Cuba, la segunda ciudad portuaria más importante después de La Habana , hija de padre sastre y madre modista, Marta Rojas prohijó el gusto por la bohemia que había recibido de su abuelo español, y también, en parte, de la universidad.

“Tú tenías que leer desde literatura de ficción hasta ensayos -comenta Rojas sobre algunos de los autores que lograron fijar su interés por la literatura-. Ahí tú tenías que leer desde Benito Pérez Galdós hasta Balzac. Había que leer desde El Quijote hasta toda la picaresca española”, amplía la autora de La Inglesa por un año, Premio Nacional de Literatura en el “Concurso Alejo Carpentier”, célebre escritor quien prologara en 1978 El juicio del Moncada, de la propia escritora.

Siempre dispuesta al abordaje de temas sociales diversos, aunque nunca indisociables de lo político como contorno, en cada uno de sus trabajos Rojas bordeó el intervensionismo sin intervenir. Con una perspicacia inhabitual a sus 76 años, la escritora cuenta su experiencia en la lejana Vietnam, donde emprendió un viaje homérico al interior del pueblo vietnamí, y sobre cómo gestó El juicio del Moncada, obra que comprende el juicio contra Fidel Castro.

¿Qué recuerda de aquél primer intento fallido de Fidel Castro del asalto al cuartel del Moncada, su encarcelamiento posterior y el juicio?

El libro que tú tienes aquí: El juicio del Moncada. Tal vez intuitivamente, o por un sentimiento solidario o una actitud que teníamos los jóvenes ante un momento de represión de una tiranía sangrienta, que mató a muchos muchachos en tan poco tiempo. Porque desde el 26 de julio (de 1953, día en que Castro intentó, fallidamente, el copamiento del cuartel Moncada) hasta el 26 de octubre (de 1959), yo fui haciendo notas, como pequeños reportajes, como si me lo fueran a publicar en un periódico. Yo no trabajaba en un periódico. Cuándo terminé todo, la llevé a una revista muy importante, la revista Bohemia, de La Habana. Se la llevé al director, eran como 200 páginas. Seguía la censura, pero el director después de leerlo, me ofreció trabajo. Nunca me lo publicaron porque la prensa no quería que se publicara. Pero me lo publicaron cuando triunfó la Revolución. La primera que me lo publicó fue una editorial que se llamaba Tierra Nueva. Y después lo hice en forma de libro y se publicó a principios de los años ’60, en una editorial del periódico Revolución (del Partido Comunista Cubano).

Usted ha viajado por muchas partes del mundo, ¿qué la han comentado, fuera de Cuba, otros periodistas sobre la figura de Fidel?

La figura de Fidel, aunque quieran, no la pueden opacar. Es una figura imprescindible del siglo 20 y principios del 21 hasta donde estamos. Y creo que a partir de la Revolución Cubana , por esa mirada de futuro de Fidel, los pueblos de América fueron más soberanos y libres. Fidel ha contribuido enormemente a la pertenencia del latinoamericano y de muchos pueblos del Tercer Mundo.

El siglo 21

El sociólogo Immanuel Wallerstein escribió para La Jornada , de México, un articulo titulado “¿De quién es el siglo 21?”. El siglo 20, sostiene, fue de EE. UU., y pronostica que el 21 será de China por los lazos económicos con todo el mercado asiático. ¿De quién será para usted?

Yo creo que China va a tener un papel preponderante. Pero no creas que el siglo 21 va a ser de un país o persona en particular. Estoy de acuerdo con él, pero nosotros, humilde gente de América, vamos a jugar un papel estelar. América, de la Patagonia al Río Grande, está más que olvidada, subestimada. No tienen ni 500 años, pueblos y tierras muy jóvenes... Y yo creo que aunque China tenga esa preponderancia, tiene que pensar en América latina, que sí la tendrá, porque Estados Unidos está en decadencia.

En el libro El general en su laberinto, García Márquez hace una suerte de biografía ficcional de Simón Bolívar...

(Interrumpe Rojas) Un episodio de la vida de Bolívar, cuando va por Magdalena hasta llegar a Santa Marta.

Sí. Decía que Bolívar no había podido ver una América “unida” antes de su muerte. Ése es el proyecto actual de Chávez. ¿Usted cree que es posible?

Es el proyecto de Chávez pero no es invento de Chávez. Ese proyecto empezó con la Revolución Cubana. Chávez, a pesar del imperio americano, tiene la posibilidad y los medios (que no tiene Cuba) de poder tratar de unir a esa América no solamente desde el punto de vista espiritual o ideológico sino por lazos de carácter económico. En La Historia me absolverá (recordado alegato de Castro en el juicio), Fidel habla de Latinoamérica y dice, además, que todos los pueblos y los perseguidos de América latina tendrían en Cuba un refugio seguro y una segunda patria. Es decir que ese sentido de una América unida de Bolívar es asumido desde el punto de vista de aspiración es asumido por (José) Martí (político y escritor cubano). Entonces, en este momento Chávez tiene una bandera magnífica y una actitud política extraordinaria.

El antropólogo argentino García Canclini dijo en una entrevista que “no hay una idea de futuro en los políticos” latinoamericanos. ¿No existe realmente una idea sobre el destino de América latina o sólo la hay para las corporaciones?

En sentido general, estoy de acuerdo con él. Muy pocos, desgraciadamente, tienen esa idea de futuro. Además de su trabajo como corresponsal de guerra, Marta Rojas escribió sobre la vida del sureño vietnamí, una experiencia que –confiesa- le deparó varias enseñanzas y que guardan amarras entre las diferentes extracciones culturales de sus propios orígenes españoles y cubanos y los habitantes del sureste asiático.

En Vietnam del sur, usted describe al vietnamita como actor social en la Guerra de Vietnam. Salvando las asimetrías con una guerra, ¿son el MST de Brasil, y los movimientos indigenistas de Bolivia una opción política al agotamiento de las formas tradicionales de la política?

Yo pienso que en primer lugar no se pueden traspolar automáticamente las actitudes positivas, negativas como fueran, de naciones, pueblos y políticas revolucionarias. Te lo voy a señalar: Vietnam sí, porque era posible derrotar al imperio norteamericano, en toda su potencia y artificios de guerra, con todo el dinero del mundo, a partir de un pueblo que estaba consciente que no aceptaba de ninguna manera que un extranjero le sacara su tierra. Fue un ejemplo tan impactante que, en EE.UU., aún hoy, el “síndrome vietnamí” persiste. Ahora bien, la cultura del pueblo de Vietnam y la cultura del pueblo asiático, no es igual a la cultura de nuestros pueblos. Ni tampoco su historia. Ahora hay una verdad: Vietnam, como lo digo, igual que Cuba, podía destruir a ese imperio y crearle un caos, desde el punto de vista político y militar. Por ejemplo, en una de mis visitas a Vietnam como corresponsal de guerra, recuerdo que fui al sur. Caminé kilómetros y kilómetros, por túneles, tomábamos un río y de a pie por caminos de la selva. Los vietnamitas habían tenido el cuidado de tejer las copas de los árboles de manera que ni los aviones ni los detectores norteamericanos pudieran ver que había abajo.

Esa paciencia de años mujeres, niños y ancianos está en una cultura muy especial. Por ejemplo, la “cortina de MacNamara” (por Robert McNamara, uno de los ideólogos estadounidenses de la guerra). ¿Qué era? Los grandes estrategas del Pentágono, técnicos y “filósofos de la guerra” inventaron una cortina electrónica, que pusieron en una provincia fronteriza en el norte de la República Democrática de Vietnam con el sur. Disparaba una suerte de dínamos que podían electrificar. Los vietnamitas estudiaron eso. ¿Qué hicieron? Cuando supieron que era el calor, hincaron a los búfalos enfermos y los lanzaron. ¡El calor de esos animales hizo disparar la cortina completa! No murió ningún vietnamita. Eso responde a una cultura. Y sirvió también a Cuba. Tres o cuatro instructores vietnamitas instruyeron a Cuba sobre cómo hacer la guerra de todo el pueblo.

De hecho, el estudio de los vietnamitas es similar al caso de Cuba: las más de 630 veces que los diferentes gobiernos de EE. UU. intentaron asesinar a Castro, incluso con una hegemonía económica...

Entre otras cosas... Porque si hay una gente que conoce a los norteamericanos son los cubanos. Somos amigos del pueblo norteamericano, no de ahora sino del siglo 18. Cuando EE. UU. estaba en guerra con Inglaterra por el anticolonialismo, las damas cubanas criollas tenían mucho dinero. George Washington tenía que reunir el equivalente a un millón de dólares para pagar a los soldados y no tenía ese dinero. Entonces mandó a unos emisarios a Haití y a Cuba. La cuestión es que las damas cubanas reunieron joyas. Con eso, Washington pagó a los soldados. Entonces, no es un azar que Fidel no haya sucumbido en uno de esos atentados, sino que Cuba sabe cuáles son las tácticas. Por ejemplo, una de las veces que Fidel fue a EE. UU., a las Naciones Unidas, lo llevaron a un hotel, a Nueva York. Se presumía que ahí iba a haber algo. El director del hotel dijo que Fidel no tenía que estar ahí. Y llegó una carta para que Fidel fuera al Central Park. Ahí le iban a hacer una redada. Entonces, los negros del Harlem, le brindaron el Hotel Teresa. Y hoy día, las iglesias del Harlem –lo he visto por la CNN –, han hecho rogatorios por la salud de Fidel.

Numerosas versiones surgieron acerca del rumbo que tomará Cuba una vez que Fidel Castro abandone definitivamente el poder. Una es la progresiva apertura de la economía que podría encabezar Raúl Castro. Sobre este punto, Rojas advierte que el hermano del líder “no es un improvisado. Nunca será igual a Fidel, pero no es improvisado”, afirma. La periodista también aclara algunos dichos que se pronuncian desde fuera de la isla. Entre ellos, que no existe la libertad de prensa: “Yo me muero de risa cuando se dice que en Cuba no hay libertad de expresión. ¿Y en Estados Unidos...?”.

El periodista Ho Chi Minh

Pocos periodistas cuentan con la posibilidad de entrevistar a líderes políticos clave en momentos en que éstos influyen de un modo determinante en las acciones posteriores de todo teatro de operaciones. Por lo general resultan encuentros cargados de hostilidad y tensión. Rojas recuerda que el suyo fue distinto. “Ho Chi Minh me pareció un tipo genial -se le ilumina el rostro a la reportera-. Una de las cosas que más me impactó fue que ya había vencido a los franceses, después a los japoneses en la Segunda Guerra Mundial, y la lucha que llevaba contra los norteamericanos”, comenta la escritora, en una entrevista, ya a esta altura, algo desmadejada. “Fue el hombre más sencillo que he visto en la vida. Recuerdo que el día que lo vi, me citó a las seis de la mañana. Había un palacio, pero él vivía en una casita aparte, a lado de un lago, donde escribía a máquina ¡como un mecanógrafo de primera! Me recibe hablando en perfecto español. Hablaba en inglés, francés, además de vietnamita, cantonés y pequinés. Fue ‘pinche’ de cocina de un barco francés y recorrió toda África, parte de América latina y Asia. Conoció a Charles Chaplin en uno de los viajes... A mí me llamó la atención porque cuando lo entrevisté, empezó por excusarse porque yo le había pedido una entrevista antes y no había podido ser. Entonces él me entrevistó a mí. Estuvo una hora preguntándome cómo veía al pueblo y a la lucha vietnamita. Luego de todo eso, me dijo: ‘Pregunte todo lo que quiera’. Entonces, pregunté: ‘¿Quiere que grabe?’. ‘No, no, no, conversemos’. Eso ocurrió en julio del ’69. Él muere en setiembre, pero con una lucidez total”, dice, patifusa, Marta Rojas.

¿A quién le hubiera gustado entrevistar?

Nunca me he afanado o impuesto como meta entrevistar a nadie. Llegado el caso, me siento muy orgullosa de haber entrevistado a Ho Chi Minh. Por ejemplo, yo entrevisté a Chávez, en una visita que hice a Venezuela para el centenario del Rómulo Gallego. Se presentó una oportunidad y él me la concedió.

Marta Rojas lleva casi dos horas contando anécdotas y opinando, aunque se tiene la sensación de podría seguir sin descansar por algunas más. Dice ahora la escritora sobre su labor como reportera, ya en las últimas frases de la entrevista.

“No me arrepiento de lo que he hecho porque aprendí”. Y continúa. “Si existe la suerte de lo que dicen los americanos ‘estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado’, pero no tienes el ímpetu y la persistencia para alcanzar algo, no lo logras”.

Los nuevos medios

Actualmente, muchos periódicos cuentan con un “defensor del lector”. ¿Cree que es sólo una estrategia de los diarios para mantenerse cerca de los lectores frente a la avanzada continua de Internet, que les quita atención?

No te sé decir porque no conozco a fondo eso. Pero sí que los norteamericanos no hubiesen querido que Internet llegasen a que tú mismo pongas un blog, y de que allí salgan tus ideas. Creo que es un arma poderosísima. Incluso, en Cuba, se está dando Internet desde los seis años.

¿No es “peligroso” darle a los lectores la posibilidad de abrirles camino al “periodismo participativo”, a través del cual escriban su historia sin demasiado control?

La mayoría, que son los pobres, tienen menos dinero para comprar un periódico. Ahora mismo tú coges algo de Internet y lo pones en una emisora radial. Si Internet se utiliza de una manera sabia es positivo.

Pero dejar en manos del lector la narración de las historias hace perder en parte el sentido de la función del periodista...

No es que a la historia la escriban ellos; el problema es que los periodistas debemos tener conciencia de trabajar para un proyecto social honesto, y hasta no digo que sea revolucionario y de izquierda total, pero que tenga base en la justicia social, el deber del periodista. Yo soy defensora de todos los medios digitales, con los riesgos que se corran.

Datos para un currículum

Marta Rojas Rodríguez nació en 1931 en Santiago de Cuba. Se graduó como periodista en la Universidad de La Habana. Comenzó su carrera en la revista Bohemia, dedicada al periodismo político de investigación. Ha escrito el libro El juicio del Moncada (1978), testimonio personal antológico (prologado por Alejo Carpentier, ganador del Premio Miguel de Cervantes) sobre el juicio que el gobierno de Fulgencio Batista llevó adelante contra Fidel Castro, por el fallido asalto al cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953. En 1959 cronicó el proceso de la Revolución Cubana. Es autora, entre otras, de las novelas Santa lujuria (1998), La cueva del muerto (1988) y El harén de Oviedo.

Obtuvo el Premio Nacional de Literatura en el “Concurso Alejo Carpentier” por La Inglesa por un año. Como periodista, ha publicado los libros Vietnam del Sur, Escenas de Vietnam, Tania, la guerrillera inolvidable (1974), Testimonios sobre el Che, El que debe vivir (Premio Casa de las Américas, en 1978), El aula verde, y El médico de la familia en la Sierra Maestra.

Como corresponsal cubrió la Guerra de Vietnam, y diversos acontecimientos políticos y sociales en América latina y el mundo. Ha dictado conferencias sobre literatura y periodismo en varios países.

Fuente: Federico Noguera. periodista; Prensared, la Agencia de Noticias del Círculo sindical de la Prensa y la Comunicación de Córdoba (Cispren-CTA)

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