
Recuerdo que a mis seis años, estábamos pasando hambre, debido a la sequía. No teníamos para comer dos veces al día, así que nos mandaron a otra comunidad, donde mis abuelos cultivaban ciertos productos y tenían algunas cabras y vaquitas.
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* Ministra de Justicia de Bolivia. |
Aprendiendo a luchar
Mi mamá siempre quiso que sus hijos varones y mujeres aprendiéramos a leer y escribir por igual, por eso nos envió al centro minero de Quilma en Mizque. Allí nos arrendaron un cuarto. Para ir a la escuela, no tenía quien me peinara todos los días mis largas trenzas. Mis hermanos intentaban peinarme, pero era un desastre.
Los niños mineros de mi escuela no estaban acostumbrados a compartir con niñas indígenas como yo. Antes nunca había peleado con nadie, pero ellos me jalaban mis trenzas, había maltrato, ahí empecé a vivir la violencia y a sufrir discriminación. Yo solo hablaba quechua y me costaba mucho estudiar porque todo era en castellano. Cada día, al terminar la escuela, recogíamos leña y hacíamos intercambio con las mujeres de los mineros. Nos daban azúcar, fideos y pan. Sufríamos por la ausencia de mis papás, pero aprendimos a luchar, a ganarnos el pan de cada día y salir adelante.
De la explotación a la discriminación
A los 13 años, migré a la ciudad de Cochabamba. Con promesas de ganar dinero, trabajé en la casa de unos comerciantes por dos años. La explotación fue terrible, 18 horas diarias atendiendo a 15 personas. Sentí mucha presión psicológica, sin contacto con mi familia, sin sueldo, hasta mi ropa nueva se terminó. Fue una experiencia muy negativa, yo era apenas una adolescente. Como también ayudaba a los hijos de mis patrones a hacer sus tareas, me dieron ganas de estudiar, pero era imposible.
Por suerte mi mamá apareció y volví a mi pueblo. De allí, regresé a Cochabamba con otra familia. Tenía sueldo, eran muy cumplidos con el pago, aguinaldo y primas, pero había mucha discriminación, me daban el pan de ayer, comidas guardadas. Mi empleador era un extranjero algo más humano, pero cuando murió, me quedé con su señora. Mi jefa era como una madrastra, para ella yo no era persona. Les serví como trabajadora del hogar por nueve años, pero fue muy duro.
Conciencia y organización
Desperté mi conciencia de lucha fundando con otras compañeras el Sindicato de Trabajadoras del Hogar de Cochabamba en 1987. Al ver las desigualdades de la ley, solo teníamos la mitad de nuestros derechos. Hicimos encuentros con trabajadoras del hogar de La Paz, con mujeres muy luchadoras y líderes de organizaciones mineras. Realizamos reuniones nacionales y fuimos madurando. Durante seis años trabajamos la propuesta de ley, aunque muchas comas y acentos fueron borrados. El primer borrador era muy proteccionista pero en el proceso tomó un enfoque de derechos. Fue un proceso muy interesante. Cambiamos nuestros propios miedos por coraje para que las autoridades nos escucharan. Al principio, nuestros compañeros, nuestras propias hermanas y madres, nos rechazaron, decían que éramos de la ciudad. Pero tomamos fuerza. Hicimos movilizaciones para abrir espacios. Convencidas de la justicia de nuestras demandas, fuimos rompiendo la discriminación y de tanto insistir logramos carteras en las directivas de las organizaciones de mujeres campesinas.
Desarrollamos alianzas con los hermanos campesinos, fabriles, mineros, productores de hoja de coca, indígenas y otros sectores. Fue un proceso muy interesante que dio sus frutos.
En un mundo político de varones
En esta trayectoria recibimos la solidaridad del movimiento de Evo Morales. Como líderes nos fuimos encontrando en el camino, coordinando muchas actividades nacionales y eventos internacionales. Cuando me ofrecieron el cargo de Ministra de Justicia no supe qué hacer, tuve que decidir muy rápido. Una tiene sus planes, su familia, pero puse todo a un lado.
Estamos viviendo un proceso histórico al que no podía decir no. No hubo posibilidad de consultar con mis compañeras. Si decía que no, ellas me iban a reprochar toda la vida, acepté sabiendo que iba a ser difícil, pero se trataba de un reconocimiento a la trayectoria que habíamos recorrido. Al comienzo, sentí mucha preocupación. De pronto entré a un mundo distinto. En nuestras organizaciones siempre trabajamos entre mujeres. El mundo político es de varones y con muchos profesionales de distintas formaciones y experiencias. Entré a ese mundo de la política con mucho cuidado. Cuando una es dirigente tiene la libertad para decir las cosas con toda soltura, ahora debo ser cuidadosa y, al mismo tiempo, dejar aportes para las mujeres y para los compañeros, pero aún es un largo camino.
Desde este cargo, quiero atender a la expectativa de mis hermanos y hermanas que vienen con diferentes problemas. Quiero responder a esa gran esperanza del pueblo de que haya justicia. La situación de los niños y niñas de Bolivia es grave. Hay grandes desigualdades. Todavía hay muchos que están pasando lo que yo pasé cuando era niña. Sin poder entrar a la escuela, sin tener seguridad en su alimentación. Las wawas (niños y niñas pequeños) son las primeras víctimas del maltrato, de la violencia, de las violaciones. Quisiera que un día podamos ver a los niños y niñas de Bolivia disfrutando del amor de sus padres y sin pasar hambre.
Es un desafío muy grande. Tenemos que esforzarnos para cumplir el sueño de vivir bien, que todos queremos.
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