
Es mi deliberada intención mantenerle a la presente ponencia el título de su principal tema, para desarrollar desde allí nuestra perspectiva acerca del mismo.
![]() * Secretario Adjunto de la CTA y General de ATE. |
En primer término debiéramos precisar de qué hablamos cuando nos referimos al “desarrollo sostenible”, para desde allí abordar dicha temática.
En ese sentido, es imposible efectuar cualquier tipo de análisis sin tener en cuenta la crisis en la que se encuentra inmerso el capitalismo mundial, crisis reconocida ya por los propios países centrales, lo que no es menor, ya que a diferencia de crisis anteriores, la actual se desarrolla justamente en el centro del sistema.
En momentos en que se escriben estas líneas el Presidente de Estado Unidos de Norteamérica anunció un plan para aminorar las consecuencias de la crisis sobre los deudores hipotecarios.
Así, esta crisis eminentemente financiera ya tiene consecuencias en la deno-minada “economía real”, y como siempre, principalmente en los trabajadores. Ello hace que en breve estemos hablando ya de crisis económica y no sólo financiera.
En esas circunstancias, lo que se propone desde allí como “desarrollo sostenible” es la supervivencia del sistema capitalista en su fase actual, lo que dado el grado de profundidad de la crisis resulta algo por demás utópico.
En efecto, no existe desarrollo sostenible del capitalismo en el marco de una crisis financiera de tal magnitud, teniendo en cuenta además que a diferencia de épocas anteriores, el sistema se encuentra totalmente desregulado –fruto de la política exacerbada del libre mercado, el neoliberalismo-, en el cual conviven mercados paralelos sin ningún tipo de intervención estatal. Ello hace más probable la acentuación de la crisis que su solución, lo que nos impide plantearnos el “desarrollo sostenible” del sistema.
A ello debe sumársele la indiscriminada –y también desregulada- explotación de los recursos naturales y estratégicos del planeta. En este sentido, la afectación de superficie de la tierra destinada a la producción de alimentos para la producción de biocombustible atenta contra la alimentación de la humanidad, encareciendo el precio de los alimentos.
Por último, no escapa a la percepción de nadie que dicha depredación y la pro-pia crisis pueden impulsar una salida bélica, aventura que tiene la doble finalidad de fugar hacia delante sin resolver la crisis económica y la de acaparar las reservas de gas y petróleo por parte de Estados Unidos de Norteamérica.
En este punto debo afirmar que provengo de una central de trabajadores que se define anticapitalista, por lo que no concebimos el concepto de “desarrollo sostenible” como la supervivencia del sistema. Antes bien, nuestro objetivo es justamente la abolición del capitalismo.
Ahora bien, va de suyo que la solución propuesta frente a la actual crisis desde el Centro –y los gobiernos de la periferia subordinados a aquél-, recaerá sobre los trabajadores, ya que se trata –en su lógica- de sostener el capitalismo y los niveles de rentabilidad de sus empresas.
Podemos afirmar además que la rentabilidad media mundial se afirma sobre los niveles de superexplotación de los trabajadores del tercer mundo.
El concepto de “trabajo decente” que se plantea desde allí en esas circunstancias es el que, fruto del retroceso del Derecho del Trabajo y el avance de la denominada “flexibilización laboral”, se instauró desde la década del ’80 a partir de los gobiernos de Tatcher y Reagan en el Centro, y en el caso de mi país, Argentina, el Presidente Ménem.
De ese modo, conceptos tales como “desarrollo sostenible” y “trabajo decente” pretenden “asociar” a los trabajadores a las consecuencias de las crisis, es decir, cargar sobre sus espaldas el peso de la misma.
Frente a ello es que planteamos que el “trabajo decente” no es más que el que en los albores del siglo XX se definiera como trabajo digno.
Ello implica la garantía de salarios mínimos vitales de acuerdo a su concepción histórica. En Argentina –al igual que en la mayoría de los países que lo definieron- salario mínimo vital es aquel que asegure al trabajador alimentación adecuada, vivienda digna, educación, vestimenta, transporte, esparcimiento, vacaciones, asistencia sanitaria y previsión.
En cuanto a las condiciones de trabajo, la jornada limitada a ocho horas diarias que fuera bandera inclaudicable de la clase trabajadora mundial, así como la seguridad e higiene en el trabajo son también premisas básicas del “trabajo decente” en esos términos.
Demás está señalar que los salarios reales de los trabajadores en Argentina están muy por debajo de aquellos aún definidos por la Constitución Nacional, y que las jornadas de trabajo exceden en mucho aquella histórica conquista de las ochos horas.
La desocupación y sub-ocupación genera además que gran parte de la población se encuentra sumida en la pobreza, extremo que es aceptado como consecuencia natural del desarrollo.
Por el contrario, una política de pleno empleo y salarios dignos es la que debe contraponerse al deterioro físico y espiritual de los trabajadores al que el desarrollo del sistema los ha llevado.
Afirmamos así que es la actual política de salarios de pobreza y desocupación sistémica es la que permite que el capital industrial y el capital financiero com-partan con comodidad las ganancias del sistema, a costa de la superexplota-ción de la clase trabajadora, que progresivamente va disminuyendo su nivel de vida.
Por tanto, el rol de los sindicatos está, ante todo, en la defensa de esos derechos de los trabajadores, en la lucha por su reinstauración en aquellos términos, y por el pleno empleo.
Esta lucha, sin embargo, es imprescindible que sea acompañada de un poder de análisis y visión de la situación en su conjunto, de modo de no escindir la necesaria reivindicación económica de la lucha política.
En este sentido es imperativo asegurar la vigencia de la libertad sindical, el derecho de huelga y la negociación colectiva libre.
Este último planteo es de vital importancia, ya que sin la herramienta fundamental de los trabajadores organizados, la huelga, y su consecuencia, la nego-ciación colectiva, será imposible dicho objetivo.
Es por ello que experiencias europeas conocidas como “diálogo social”, que se pretenden trasladar a Latinoamérica, comienzan por la regulación y limitación del derecho de huelga, para luego avanzar sobre los derechos conquistados, con la finalidad de ratificar el sistema tal cual se encuentra en este momento.
La magnitud y modalidad de la ofensiva nos obliga a pensar, además, en la ampliación del marco constitutivo tradicional de los sindicatos, para incluir en los mismos a los trabajadores desocupados y jubilados, así como la acción conjunta con organizaciones populares, sociales y campesinas.
Asimismo, en el marco de la crisis internacional ya comentada, es imperativo plantearse como rol de los sindicatos del mundo que cualquiera sean las consecuencias de la crisis, la clase trabajadora internacional se compromete a la defensa de la paz mundial como condición de la defensa de los derechos de los trabajadores, oponiéndose firmemente a las rebajas de salarios, a la am-pliación de la jornada de trabajo y, por supuesto, a cualquier aventura bélica, que en el marco de la situación descripta podría desembocar en un conflicto generalizado.
Para enfrentarse a ello se necesitará más que nunca la más amplia libertad de acción y de pensamiento.
Esa debe ser sin duda la definición de este Foro Internacional sobre Globalización Económica y Sindicatos: la firme y organizada respuesta de los trabajadores del mundo frente a la globalización económica y las consecuencias de la crisis que el propio sistema capitalista engendró.
Texto de la ponencia leída durante el III Foro Internacional sobre Globalización Económica y Sindicatos, 8 de enero de 2008, Beijing, China
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