
Raúl Lozza, mi viejo, artista plástico, combatiente por los derechos humanos y contra las censuras en las duras épocas de las dictaduras militares, falleció el 27 de enero último a los 96 años. Dos días antes había repetido por última vez que “así, no vale seguir viviendo”.
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Dejó entonces de probar bocado, tampoco quiso beber agua y se negó a seguir hablando. No tenía ninguna enfermedad, solo esa vejez que se te viene encima y que va cercenando poco a poco la fuerza y las mañas para arreglártelas solo. Ese 27 de enero, mi hermana le avisó que llamaría al médico. Mi viejo entonces levantó forzosamente una mano y con el dedo índice indicó que no. No quería más, estaba dignamente acostado en su lecho de siempre, sereno. Cuando el médico intentó investigar su cuerpo para hallar algo más que no fuera vejez, halló simplemente que ya estaba muerto. Había decidido irse dejándonos sus obras de arte, sus libros y miles de páginas manuscritas sobre la física, la teoría de los colores y acerca de la relación entre arte y sociedad.
Papa fue un rupturista y trasgresor en las artes plásticas, y peleó contra el conservatismo academicista en las épocas más duras de la cerrazón.
Nació en Alberti –pueblo campesino en el oeste bonaerense- pero atravesó en Buenos años todas las dictaduras, fue un poeta y pintor bohemio, en los años 30 vivía junto a sus dos hermanos menores. Para comer, juntaban las legumbres que caían de las bolsas en las tareas de cargas de buques en el puerto. Cambiaban sus cuadros por un plato de comida. Empezó ya entonces su militancia social y política. Esa militancia fue siempre paralela a su vocación artística: una cosa no estaba separada de la otra. Dibujaba y hacía crónicas antifascistas y antidictatoriales en periódicos clandestinos, pintaba consignas en los paredones de la ciudad, varias veces la policía política –llamada Sección Especial- allanó sus distintos domicilios, fue varias veces preso y en una de esas ocasiones lo encerraron en la propia sede de la Sección Especial, en la calle Urquiza –hoy allí sigue habiendo una comisaría- donde memorizó rincón por rincón esas dependencias, hizo luego el plano, reprodujo las cámaras de torturas bajo los regímenes de Uriburu y Justo, papeles que se reprodujeron por millares y recorrieron las páginas de los periódicos del campo popular de todo el mundo. Allí papá llamó por primera vez “picana eléctrica” a esos instrumentos de tortura que aún hoy siguen vigentes.
En la década del 40 comenzó a investigar las vanguardias artísticas y desarrolló una conclusión: si para ser revolucionario en lo político había que arrasar con un sistema caduco, también en la pintura había que arrasar con las viejas técnicas y los caducos conceptos. Nacería así su arte concreto. El creía que ese sería el arte del pueblo en el futuro. “De joven –reconoció- pensaba que todo iba a ser arte concreto y edificios modernos. Me equivoqué. El ser humano tiende al sentimiento. La pintura es como la palabra y se expresa en un paisaje, en un lugar donde se vivió, hay que dejar que eso también exista". Pero él jamás abandono ni su pintura –producto de sus investigaciones científicas y matemáticas-, ni tampoco su ideología fundamentada en el marxismo y en las luchas de los pueblos.
Papá fue secretario general y presidente de la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos y como tal participó en la mesa coordinadora del movimiento contra la censura en las épocas de la dictadura genocida. Estuvo con los pintores junto a los demás artistas en las jornadas de Teatro Abierto y en cada episodio de la resistencia. Por supuesto, la Triple A y otros grupos fascistas lo amenazaron de muerte.
Esas posiciones de principio de mi viejo eran mi orgullo al contemplar cómo con dignidad y fundamento iba atravesando años sin dejar de militar por sus ideas, sin dejar de tener a su alrededor a los jóvenes pintores que lo llamaban “maestro”. Y cuando eso fue pasando, porque sus fuerzas no le daban, se desesperó. Así fue que, cuando la Secretaría de Cultura de la Nación le otorgó el “Premio Cultura Nación 2007”, lo único que dijo al recibir la distinción fue; “¿si no puedo enseñar, cómo aprendo?”.
En fin, recuerdo aún esos días del nacimiento de la CTA y cómo él aplaudió ese nacimiento. Se puso contento cuando supo que yo también era parte de la Central. Por eso, compañeros, hoy me atrevo a hacer estas breves consideraciones acerca de mi querido viejo, consideraciones que casi ningún medio ha reflejado al escribir sobre la muerte del “artista” Raúl Lozza. Yo simplemente quería agregar su otra vertiente, la de revolucionario también en lo social y político.
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