La deuda con Jujuy
Domingo 2 de marzo de 2008, por Carlos Del Frade *

El 3 de agosto de 1812 centenares de familias abandonaban los lugares en donde habían nacido, jugado, amado y construido sus presentes e imaginado futuros de felicidad a pesar de tantos pesares impuestos desde los tiempos del yugo español.



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Periodista.

Las abuelas y los abuelos todavía recordaban aquellos días en que la naturaleza era respetada por los antiguos habitantes de ese suelo de montañas y selvas de colores únicos. Ya no quedaban muchos de los quechuas que conformaron el Estado incaico, ahora estaban ellos, los que quemaban todo lo poco que tenían en pos de lograr la realización de un proyecto, la independencia.

Seguían a un líder popular, un abogado que despreció cualquier comodidad a cambio de ser la expresión del deseo de libertad de los pueblos que no entendían a Buenos Aires pero que sí necesitaban la autonomía para intentar ser felices. Ese general al frente de mil quinientos desesperados se llamaba Manuel Belgrano y sus cartas hablan del llanto profundo y largo que le provocaba ver a los jujeños dejar lo que construyeron para que los invasores no tuvieran provisiones.

El éxodo jujeño fue una de las epopeyas populares más profundas y conmovedoras de esta tierra que aún hoy no logró concretar los sueños de sus orígenes, que la libertad sea para todos, para que la noble igualdad esté en el trono de la vida cotidiana.

Fue en Jujuy donde Belgrano dejó aquella primera bandera izada en las riberas del Paraná medio año antes.

Casi doscientos años después, Jujuy sigue estando en manos de las minorías que siempre postergan las obras de infraestructura que deben cuidar la vida de tan heroico pueblo. Las consecuencias son las de siempre: tierras arrasadas por la voracidad de los pooles de soja, desiertos que se expanden y el agua que ya no puede ser retenida avanza indomable sobre los suburbios, sobre las familias siempre empobrecidas de un lugar que todavía no sabe que libertad debe ser sinónimo de felicidad.

Y casi como una clave de la historia, las consecuencias del saqueo y la indiferencia planificada de las minorías, las pagan los chicos. Las crónicas periodísticas dicen que “tres de los cuatro niños que fueron arrastrados con su casa por la creciente del río Xibi-Xibi fueron hallados muertos, mientras continúan las tareas de búsqueda de la cuarta víctima. La identidad del último chico hallado no fue establecida, pero es uno de los dos varones, por lo que puede ser Nicolás, de cuatro años, o Víctor, de tres”.

La precisión periodística conmueve, indigna, rebela: “Su cadáver fue encontrado por la policía local, que horas antes rescató los cuerpos sin vida de Ezequiel, de nueve años, y de Magalí, de cinco. El cuerpo del tercer nene hallado estaba a 500 metros de Peña Colorada, en el barrio Alto La Viña, a tres kilómetros del cruce de los ríos Chico y Grande, muy cerca del lugar donde la Brigada de Canes de la Policía jujeña había ubicado a los cuerpos sin vida de Magalí y Ezequiel”.

Pero la culpa no es del agua, sino de los que multiplican la pobreza: “Los niños vivían con sus padres, una hermana de siete años -a la que su progenitor logró salvarle la vida al escapar de la correntada- y otros dos hermanos que, como ellos, desaparecieron bajo las aguas en la madrugada del pasado lunes”.

Hacinados, en viviendas “precarias”, sobre los bordes de ríos que se desbordan históricamente, el pueblo jujeño sigue ofreciendo sus mejores vidas a cambio de casi nada. Algún día será el tiempo en que se empiece a saldar la deuda que el Estado de la República Argentina tiene con las mayorías jujeñas.

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