
Hace ciento noventa y seis años, sobre la cintura cósmica que dibujan las aguas marrones del Paraná en las barrancas rosarinas, un general desobediente, hecho militar por imperio de sus pasiones y en contra de la comodidad personal, Manuel Belgrano, inventó la bandera como herramienta que sirviera para acalorar a los fríos e indiferentes, mientras comandaba una tropa de mil quinientos desesperados.
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* Periodista. |
Esas fueron las palabras que eligió Don Manuel a la hora de hacer su descargo frente al secretario del Triunvirato, el despreciable Bernardino Rivadavia, que lo sancionó por semejante acto de libertad: la creación de los colores que identificaran el sueño de un pueblo soberano sobre la faz de la Tierra.
Desde hace algunos años a esta parte, Rosario, ciudad que goza de una gran promoción nacional e internacional por el supuesto boom inmobiliario que no llega más allá del macrocentro, ha intentado revitalizar el conocimiento sobre su historia y en estas últimas semanas el poder oficial reparó en Belgrano y la bandera.
Sin embargo, como suele suceder en la Argentina, la visión del pasado es la que impuso la historiografía liberal, la mitrista. De allí que se reivindique el gesto y no las ideas, se enaltezca al hombre y no a la decisión colectiva y se corten amarras con aquellos orígenes que marcaron el proyecto de las mayorías con el presente que sigue siendo equivalente a un sálvese quien pueda.
Pero ya que está de moda pensar en Belgrano, bien podrían las autoridades políticas rosarinas, santafesinas y argentinas, leer sus letras desesperadas.
Esas palabras que describían a las familias de “pobres panchos” que al no tener trabajo tienen “criaturas” a las que todo les falta. Para Belgrano, la independencia, la bandera celeste y blanco solamente tenían sentido si el Estado y la nueva nación eran capaces de brindar trabajo y educación para todos y no solamente para unos pocos.
“Las criaturas” perdidas de los “pobres panchos” siguen pululando en las calles de la ciudad en donde hace ciento noventa y seis años Belgrano inventó la bandera rebelde y prohibida por los que aspiraban a tener permanentes relaciones carnales con el imperio que sea.
Cerca de aquellas barrancas de belleza mágica, hoy violentadas por la voracidad inmobiliaria, las noticias informaron que un pibe que se alimentaba de la basura se desmayó por el estado en descomposición que tenían esas sobras.
Al muchacho lo tuvieron que llevar al Hospital Centenario, un nosocomio provincial cuyos médicos cobran algo más de mil pesos mensuales, para que lo reanimaran y atendieran.
El pibe vive en la zona norte de la ciudad, en la villa La Cerámica, muy cerca de la emblemática fábrica Cerámica Alberdi, justo en el camino que alguna vez tomaran los granaderos de San Martín para el primer combate de aquella epopeya popular que fue la liberación continental, en San Lorenzo.
Más allá de las coincidencias y de los gritos históricos mal interpretados que florecen en la geografía rosarina, la bandera de Belgrano, sus urgencias, su desesperación, no tienen vigencia real en la vida cotidiana de la pibada que habita los arrabales del Paraná. Mientras haya chicos que necesitan comer de la basura, la bandera de Don Manuel seguirá siendo una excusa barata y vacía que remitirá a una nación que todavía no existe.
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