Junior y Misiones
Sábado 5 de abril de 2008, por Carlos Del Frade *

Misiones es la península argentina que -sin mares ni océanos de por medio- ingresa en el corazón profundo de la América del Sur, apuntando hacia el interior del Amazonas y la selva paraguaya.



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Periodista.

No hay límites para la belleza natural, algo así como la consecuencia de un desbocado acto creativo de las fuerzas superiores marcan la geografía de la provincia.

Sin embargo, hay históricos límites para lo humano en Misiones.

A mediados del siglo dieciocho, cuando la Argentina todavía no existía ni en sueños prohibidos, los estados de Portugal, España y el Vaticano decidieron exterminar la existencia colectiva de las misiones jesuíticas y, con ellas, continuar la cacería de los pueblos originarios, los guaraníes.

Hacia 1930, la pluma del excepcional escritor Horacio Quiroga relató la vida de penurias y explotación que soportaban los tareferos, aquellos que desde siempre se dedican a la recolección de la yerba mate.

Ahora, a punto de terminar la primera década del tercer milenio, una vez más Misiones es el territorio en donde la vida humana es limitada por la indiferencia, el desprecio y la desidia planificada desde un estado que siempre parece estar de acuerdo con las minorías que multiplican sus riquezas a costa de la depredación del medio ambiente y la imposición de relaciones laborales inhumanas.

Junior Ezequiel Flores tenía seis meses y era el hijo de Mónica Antúnez y Samuel Flores, ambos trabajadores tareferos, cosechadores de yerba mate.

Junior sufría una cardiopatía congénita y por eso fue trasladado al Hospital Garrahan de Buenos Aires en donde se le practicó una operación.

Debía internarse en el Hospital de Pediatría de Posadas, capital de Misiones, pero le negaron el llamado avión sanitario. En una ambulancia no muy bien equipada, según narraron los padres, el bebé murió a la altura de Concordia.

No fue un accidente.

El cumplimiento de una sentencia, un asesinato.

Desidia, indiferencia y desprecio porque Junior era hijo de una pareja de tareferos, de cosechadores de yerba mate, los más pobres trabajadores entre los pobres trabajadores misioneros.

- Somos pobres y casi no tenemos estudio, capaz por eso piensan que van a hacer cualquier cosa con nosotros...Los doctores de Buenos Aires querían el avión porque Junior tenía las defensas bajas, pero no hubo caso. Aparte, la ambulancia no tenía respirador y apenas llevó un tubo de oxígeno, siendo que necesitaba respiración artificial - dijeron los padres del chiquito, del nuevo ángel exiliado del paraíso prometido y privatizado.

- Para mi que le faltó oxígeno, aunque el médico me dijo que no...en el Garrahan estaba bien y todos los días jugábamos aunque sea un rato con mi bebé- contó la mamá en diálogo con los medios de comunicación regionales.

La abuela de Junior reconoció su carita en el morgue del Hospital Samic, de Oberá, territorio misionero que desde hace décadas sabe de estas consecuencias de la explotación contra las familias de los tareferos.

¿Quién dirá algo sobre Junior?.

¿Quién se sentirá en la obligación de explicar por qué no había lugar en el avión sanitario para el bebé de seis meses?.

Fue en Misiones, donde la belleza natural no parece tener límites, donde -una vez más- también pareció demostrarse que la injusticia y el desprecio tampoco parecen tener fin.

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