
Allí dónde las cacerolas no chillan. En todo caso buscan algo de comida. En los suburbios. Lejos de la avenida Santa Fe. Dónde “ruralista” apenas podría significar un mote en la jerga tumbera. Entre rostros pardos y colectivos que nunca llegan. Barrios con historia. Militancia CTA. Fango y asfalto y la bruma del tango. Allí anduvimos.
Manoblanca. En avenida Centenera y Tabaré. Esquina inmortalizada por Homero Manzi. A dos cuadras esperan los compañeros. En el Espacio Cultural Pompeya. Allí nos recibe Dora Vellón, Dorita. “Bienvenidos al barrio de Porrpeya”, dice, resaltando la erre que desplaza tanguera a la insulsa eme oficial. “Este es nuestro espacio”, presenta, “acá somos felices, acá nos juntamos a trabajar para el barrio”.
El viejo corralón devenido espacio social y cultural alberga actividades en distintos artes y oficios. Dorita señala cada una de éstas con el entusiasmo militante de una mujer nacida y criada en el barrio. Una mujer que encabezó la toma del corralón abandonado cuando la crisis del 2001 puso en jaque a la ciudad. “El hambre estaba en todas partes”, recuerda, “en cada esquina”. Hoy el Espacio Cultural Pompeya es motivo de orgullo para los vecinos del barrio. “Educación Popular”, insiste Dorita a lo largo de la charla, “eso es lo que hacemos acá”.
En el piso de arriba los compañeros de la agrupación Pañuelos en Rebeldía trajinan ansiosos los preparativos para las actividades del fin de semana. Claudia, Aníbal, Roxana, Pappo, Cúcu, Mirtha. Y entonces llega Diego, el hijo de Dorita; recién salido de la fábrica en la que trabaja viene con la misión de reparar la instalación eléctrica del lugar. “Alegría”, dice Dorita, “ese es nuestro combustible: la alegría que le ponemos a este espacio”. Y concluye: “Esto somos. Esto queremos ser”.
En la esquina del herrero. Barro y pampa.
El sol va cayendo.
Metralla la metralladora. Zumba la atracadora. Ruido intenso, crudo. Están a pleno cinturera y abrochadora. Ojala la ojaladora. Ruido marca overlock. Doble. Restas. Tachas. En la frontera que enreda los barrios del laburo, Lugano, Mataderos, Bajo Flores. Donde la comunidad boliviana fatiga impulso en talleres textiles de novela. Pueblo indocumentado.
Domingo Quentasi preside la cooperativa de trabajo Cildañez. Taller textil envuelto en cortes de jean. Pantalones. Camperas. Minifaldas. Desde las 6 de la mañana hasta las 10 de la noche. Todos los días. Trabajo para los compañeros. “Acá somos libres”, dice Domingo, “esta cooperativa es nuestra, no somos esclavos de nadie”. 11 máquinas. 4 mil prendas. “Queremos organizarnos mejor todavía”, dice Domingo, “crecer, hacer las cosas bien, formalizar el funcionamiento de la cooperativa”.
Todos para uno y uno para todos. Así dice Domingo. Un compromiso, dice. Una responsabilidad. Pero lo cotidiano es otra cosa. Infrahumano. Los talleres clandestinos. La explotación. “Jóvenes bolivianos encerrados por un plato de comida. Sin documentos. Sin nada”. Eso cuenta Domingo. “Esta cooperativa la organizamos para protegernos, para defendernos de la esclavitud. Pero todavía falta mucho. Tenemos que crecer mucho todavía”.
El traqueteo de las máquinas no cesa.
El boom inmobiliario en la ciudad de Buenos Aires. Eso afirma la estadística. El rubro de la construcción crece, dicen. Y parece que sube varios puntos. Pero lo que no miden consultoras y alcahuetes es la vulnerabilidad del trabajo. Allí dónde el concepto de precariedad laboral brota sólido en yaga viva. Entonces las cooperativas de trabajo cimientan su historia. Militancia CTA. Ya son 44 en todo el territorio porteño.
Horacio Lira es el presidente de la cooperativa Jorge Canelles. “Esto es trabajo genuino para los compañeros”, comienza. Estamos en el barrio de Barracas. En una antigua barraca, claro. Allí los compañeros trabajan reciclando el espacio destinado a un complejo textil de dimensión industrial. Lira apunta: “En la cooperativa los compañeros conocieron el valor del empleo, el salario, la cobertura social, las vacaciones pagas”.
Trabajan en los barrios carenciados, en los hospitales, en la urbanización del espacio público. “Esta es una cuestión que tiene que ver con la economía social frente a la economía de mercado”, dice el compañero, “cuando pensar con el estómago no es lo mismo que pensar con la cabeza”. Y el tema de la capacitación no es un tema menor. Dice Lira: “Así los jóvenes van aprendiendo un oficio, se van fogueando en las obras, van sabiendo ganarse la vida con su propio esfuerzo”.
38 obras desde el año 2004. Toda una estadística.
Otro tango. Otra esquina. Suárez y Necochea. Tres amigos. Pero en nuestro caso son muchos más. Los Pibes de la Vereda. Así se los conoce. Militancia CTA en el barrio de La Boca. Adrián Pototo Cardozo es el compañero que nos espera. En sus brazos lleva tatuada la imagen de Ernesto Guevara y Fidel Castro. También las banderas hermanadas de Argentina y Cuba. Toda una declaración de principios. Toda una presentación.
Dice Pototo: “Trabajamos para el barrio. Tenemos actividades sociales y culturales. La idea es juntarnos para pasarla bien y ayudar a los pibes. La cosa está complicada, la mierda del paco está destruyendo muchas cabezas, está arruinando la vida de los pibes. Por eso tratamos de incentivarlos y demostrarles que hay una salida, que la cosa no está tan mal como parece. Entonces organizamos partidos de fútbol, proyectamos películas, les damos apoyo escolar, charlas sobre salud.
Todo lo bueno que podamos hacer, lo hacemos”.
Tres cuadras más abajo llegamos al comedor La Boca del Riachuelo. Allí está la compañera Olga Duarte, “como Evita”, dice, advierte. Y su cara se llena de risa. El hormigón gris de la autopista surca el cielo recortando los techos. A metros descansa el puerto de Buenos Aires. La ciudad termina. “Lo importante aquí es brindarse por el otro”, dice Olga, “ayudar, hablar con la gente, escucharla. El plato de comida para los chicos no es todo; lo más importante es ayudarlos a desarrollarse como personas”.
La autopista sigue ahí arriba. Impávida.
A pocas cuadras de Plaza de Mayo. En la calle Bolívar. Huele a comida: pizzas, pastas, bifes, minutas, guarniciones. En el Bar Cultural Canal. Crecer al Sur, dicen. Oficinistas entran y salen, trajeados y urgentes. Hacen sus pedidos. Música de fondo. Algo sobre la libertad y la esperanza. Jóvenes gringos disfrazados de turistas analizan el menú del día. También hay eso que llaman delivery.
Los compañeros trabajan el bar. Estaban desocupados y ahora trabajan. “Casi treinta años de bancario”, dice uno, “y acá me ves aprendiendo sobre la marcha”. Trabajo, dicen. La buena noticia es el trabajo. Invitan con pizza y coca-cola. “Este bar es nuestro”, repiten, “es nuestra fuente de trabajo”. La pizza sabe sabrosa. El cocinero no quiere aparecer en la foto. “Esto es trabajo genuino”, insisten, “esto no es asistencialismo”.
Trabajadores organizados. Y los clientes alborotan llegando.
Rubén Donadío y Gladys Alanis nos reciben en el Centro Comunitario y Social Juntos Somos Más. En el barrio de La Paternal. El desfile de niños y adultos es incesante. Es la hora del almuerzo, anuncian, y los rostros hambrientos van poblando las mesas del comedor. Las fuentes con arroz y pollo arriman desde la cocina. Todos están felices. Almuerzan. Mientras en la televisión ruedan imágenes de la protesta de algo que llaman El Campo: alimento arrojado a las rutas. Ese es el tono de la protesta.
La comida es la que convoca y entonces van surgiendo otras necesidades. El centro comunitario organiza cursos de informática e ingles; talleres de capacitación en electricidad, carpintería y soldadura; charlas sobre cuidados de la salud; eventos culturales; fiestas. Todo esto en espacios reducidos. Ocurre que el lugar va quedando chico. Y el granizo empeora las cosas cuando destroza techos y ansiedades.
Rubén y Gladys esbozan proyectos para el centro comunitario. Entonces los planes topan con ariscas realidades. El problema del espacio sigue siendo el principal problema. Entusiasmo es lo que sobra.
Miguel Ávila, el Pelado de la Murga Los Verdes de Montserrat. Y Raúl Shalom, del grupo de Teatro Comunitario La Mueca. Juntos cuentan el trabajo territorial en el arte y la cultura. En la ciudad de la furia, dicen. Hablan de identidad popular, de recuperar la calle como espacio para el encuentro; hablan del movimiento, del conjunto. Proponen un concepto cultural ligado a la organización como herramienta política. Tienen proyectos para la producción y la realización del arte popular. Tienen las banderas de la pulsión artística. Acción, dicen, prepotencia para sacudir el espacio público.
Está todo resignificado, apuntan, el espacio de la calle está mucho más acotado. La metáfora de las plazas enrejadas brota por peso propio. La calle como zona de disputa cultural, entonces. Prepotencia de laburo, insisten. Presencia en los barrios, correlación de fuerzas, organización. El valor agregado del arte. Bullicio y fermento. En el territorio. Culeando la eterna maldición a los neutrales.
Y la Divina TV Führer… siempre, ahí, latente.
Redacción
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