
Es la continuación de esa escuela que puso el arte al servicio del pueblo. Sus murales, creaciones colectivas, están presentes en gremios, centrales obreras, plazas y lugares públicos. Trabaja con sus manos y busca que el arte sea transformador y formador de sujetos críticos. Para Cristina Terzaghi, el muralismo es un arte de todos y para todos.
Camina. Pisa fuerte. Recorre esa Universidad de Bellas Artes de La Plata que la tuvo antes como alumna, y ahora como docente. Pasaron muchos años desde aquella primera vez, a los 17, cuando en esos mismos pasillos tuvo que decidirse entre estudiar arquitectura o pintura. Fue en ese momento cuando descubrió que existía otro arte: un arte público monumental, parecido a la pintura pero colectivo. El Muralismo.
“Imaginate –se efervoriza Cristina Terzaghi cuando lo cuenta-, era lo más. Ya no tenía que estar encerrada en un taller con un caballete, mirando todo el tiempo la tela. Eso no era para mí. Entonces, pensar en pintar la pared…descubrir el muralismo, fue un momento muy importante en mi vida”.
Terzaghi es una apasionada cuando cuenta lo que hace. Pone énfasis cuando dice lo que piensa. Ha recorrido un camino muy largo, de mucha resistencia, para que se reabra la carrera de Muralismo en Bellas Artes, cerrada por la dictadura militar en 1976.
Hoy intenta trasmitir todo lo que aprendió de sus maestros, Ricardo Carpani, Felipe Noe, de sus encuentros con muralistas cubanos, rusos, turcos, mejicanos, del intercambio con otros artistas populares. “Hoy renace el muralismo –confía-. Los jóvenes vuelven a estudiarlo. Hay mucha iniciativa. Yo tengo todas las fichas puestas en los jóvenes.
Tienen una polenta increíble, no son delincuentes o vagos, hay que aprender de ellos. Y reconocerles esa fuerza increíble. Siempre lo que se plasma en un mural de jóvenes es crítico, reflexivo, pero por sobretodos las cosas, es la realidad del momento”.
Ella, en su juventud, sintió el fervor de la militancia y del compromiso social. Mientras estudiaba, trabajaba y militaba en la Juventud Peronista fue madre. Pero los tiempos oscuros llegaron. Y ella y su familia tuvieron que escapar.
“Yo no podía exiliarme porque no tenía medios. Mi ex marido había caído preso y había salido. Nos teníamos que ir. Estuvimos huyendo por La Plata, pero era muy terrible y doloroso. Ibamos a una casa y después a otra y a otra. De cama en cama. Hasta que una amiga entrañable, que se llama Cato, me dio un cuarto en su casa de la calle Uriburu, en Capital federal. Y se festejaron cumpleaños y fiestas y nunca nadie supo que nosotros estábamos ahí. Recuerdo que yo tejía y tejía, como Penélope. Y mi hijito hacía que agarraba el teléfono y decía: amiguitos, vengan a jugar”.
A los dos años, volvió definitivamente a La Plata. Su carrera estaba cerrada por decreto pero peleó para que le aprobaran la tesis. Sus tres amigas del grupo ya no estaban. Dos habían desaparecido y Munú, que había sobrevivido a la ESMA, se había exiliado en Venezuela.
“Todo había cambiado. Había que entrar con una tarjeta a la Facultad, todo estaba pintado de blanco, no había mas arte en las paredes.
Pensaba que si sobreviví a los 70, es porque tengo que seguir acá… Pero me costó mucho porque cuando vos sobrevivís y otros no, tenés culpa de vivir. Vos pensá que me mataron a todos mis amigos”.
Tuvo dos hijos más. En 1980 se recibió. Pero la sombra de la dictadura permanecía.
Terzaghi sabía que tenía que resistir. Buscar otra cosa. “Entonces me puse a trabajar con Los Redonditos de Ricota. Trabajé para Papo y para Ataque 77. Me dedique a que el arte entre a una generación que no es el que va a las galerías, es el que va a los recitales. Lo que los unía en esos momentos post dictadura era un grupo, como Los Redondos. Yo sentía que después de la música, podía captar su atención a través de la escenografía. ¡Ojo! Eran momentos donde la escenografía no es como ahora. Antes las bandas no tenían estética, los Redondos eran los únicos que tenían trapos y arte atrás. Ahora todas las bandas tienen su estética”, asegura Terzaghi, rememorando momentos duros pero de mucha esperanza.
Así empezó a trabajar con Ricardo Cohen, más conocido como Rocambole, que era quien les hacía la gráfica y la estética a los Redondos. “Gracias a él, como no podía hacer mural, me dedique a introducir el arte, la imagen plástica, en otros lugares, en los jóvenes. Yo colaboraba con él, las imágenes eran de él, hasta que, en un concierto en Huracán, pusimos una imagen mía, unos ángeles que había dibujado. Eso fue uno honor y todavía estoy agradecida”.
¿Y encontrabas un fin militante o político en lo que hacías?
Siiii. Si, porque yo sentía que podía. Tengo una idea respecto al arte y lo que uno puede generar con una imagen. Yo creo que te lleva a lugares de emoción y reflexión. El arte te moviliza otras fibras que las que te puede movilizar la palabra. Es una entrega. Si vos conseguís que cuatro de todos los alumnos vean más que una pantalla blanca, ya está, se transformaron en sujetos críticos de la sociedad. El arte ayuda a entender las metáforas, a decir las cosas de otras maneras, el arte entra a lo sensible por una reflexión crítica.
“Yo estuve muchos años debajo del felpudo. No sabía donde militar. Buscaba un espacio y no encontraba un lugar, hasta que a fines de los años 80, volvió a la Argentina mi amiga Munú. Cuando me presentó a Germán Abdala y a Víctor De Gennaro, hacía mucho que alguien no me decía ‘compañera’”.
Terzaghi vuelve a sonreír. Se queda pensando, como buscando las palabras y luego agrega: “Mirá, hay algo que uno sentía cuando militaba en los 70 y era que no había un aire entre el otro y vos. Estábamos pegados, nos entendíamos, nos ayudábamos. Después, en los años que vinieron, tuve que aprender a convivir con otras éticas. Durante muchos años resistí. No podía encontrarme con el otro. Hasta que encontré un lugar que sentía que me entendía, que teníamos los mismos códigos, la misma lucha. Me acerqué a ATE y después a la CTA”.
Terzaghi participó activamente en las áreas de cultura de los congresos de CTA y en el FRENAPO. Incluso dejó su obra plasmada en la sede central de ATE, en la calle Belgrano, junto a su amiga Munú. “A esa obra la llamo el Reencuentro, porque fue el reencuentro con mi querido pasado”.
Después, esta artista tuvo el desafío de hacer un monumento en homenaje a los 144 trabajadores estatales desaparecidos, también ubicado en la sede de ATE Belgrano.
“Puse 144 caños, de acero inoxidable, como ellos. El abrazo esta puesto un poco más arriba de la línea de horizonte cosa de que vos entras al patio y tenés que levantar la mirada para verlo. Y sin querer, haces una reverencia a los compañeros. La memoria suena cada vez que hay viento. Elegí el caño porque adentro tiene aire, vive, existe. Haber hecho esa escultura me dio la posibilidad de existir. Me quitó la culpa.
Pude hablar de los 144 desaparecidos de ATE, hacerles un homenaje. Y sentí que viví para hacer esto. Para recordarlos por siempre porque ellos son nuestra memoria”.
Terzaghi cree que en el Arte Publico como un derecho humano. “Todos tienen que tener derecho a acceder a una obra de arte. Y si, ¿por qué no? ¿Por qué algunos pueden entrar y otros no? Es como la civilización o barbarie. Tenemos que dar oportunidad para que todos vean una obra de arte porque la mínima modificación que una obra, un mensaje, un pensamiento, pueda hacer en el otro, no desde la soberbia sino desde la humildad, sirve. Y yo creo que donde el arte se instala, algo se transforma”.
El muralismo es un movimiento artístico que tiene su origen en México, después de la revolución mexicana de 1910. “Estoy orgullosa de decir que es un arte nuestro, totalmente latinoamericano. Se origina cuando el secretario de Educación Pública de Méjico, José Vasconcelos, convoca a artistas jóvenes para que pintaran los muros de las Escuelas, todo mientras se desarrollaba un plan de alfabetización”, explica Terzaghi. Estos muralistas, influidos por su rico pasado precolombino, desarrollaron un arte popular y tradicional. A través de la pintura se transformaron en cronistas de la historia mexicana. Sus principales protagonistas fueron Diego Rivera, David Siqueiros y José Clemente Orozco.
“Pero después, el movimiento se expande a otros países como Brasil, Perú, Chile y Argentina –agrega la artista-. Acá su mayor exponente es Ricardo Carpani que forma junto a otros artistas el Grupo Espartaco. También algo hizo Quinquela Martín, pero no desde un lugar de compromiso militante”, agrega.
Terzaghi estudia distintas técnicas con Ricardo Carpani y con Felipe Noe, grandes maestros.
“Las coincidencias que hay entre los muralistas mejicanos y los argentinos es, sobre todo, una coincidencia ideológica profunda respecto a la función del arte en la sociedad. A la función del hombre y del arte como transformador. A la mirada respecto a la historia. Y eso que el muralismo mejicano viene con una mirada del partido Comunista pero también con una mirada nacional y popular”.
De madre docente y padre agrimensor, Cristina es la segunda de tres hermanas. En la actualidad las dos son médicas, así que se define como la “oveja negra” de la familia que salió bohemia, aunque sus raíces explican su tendencia. Su abuelo vasco tocaba el bandoneón, su abuela paterna pintaba, y su madre tocaba el piano.
“Yo quería ser cantante lírica. Estuve en el coro durante toda mi adolescencia. Hasta que me empezaron a gustar las artes plásticas”, explica. Fue a un colegio de monjas donde a los pocos años se declaró atea. Conoció aberraciones y también solidaridad. “Lo mejor que me dejó haber pasado por ahí es que adquirí un pensamiento crítico. Aprendí a preguntarme todo y observar”.
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