El mesiánico y anacrónico ladrido
Lunes 2 de junio de 2008, por Alexis Oliva *

El ex jefe del III Cuerpo de Ejército asumió ser el "único responsable" de las acciones de sus subalternos y desplegó su gastada teoría de que las Fuerzas Armadas salvaron a la Patria del "terrorismo subversivo".



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Secretario de Comunicación y Difusión de la CTA Córdoba Capital.

Y hasta se dio el lujo de citar a Lenín y Gramsci para denunciar las nuevas estrategias de la "infiltración marxista".
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Por si a alguien le quedaban dudas de que no se está juzgando a un abuelo indefenso, Luciano Benjamín Menéndez habló. Con voz firme, apenas mellada en su timbre por su provecta edad, pronunció su discurso de siempre, levemente retocado y adaptado para el tardío trance judicial que atraviesa junto a siete de los que consideró "dignos subordinados", que luego de la alocución de su jefe aprovecharon para declararse inocentes.

Al decir lo de siempre, Menéndez pareció rejuvenecer y parecerse en algo al otrora omnipotente jefe del III Cuerpo de Ejército que supo encabezar lo que volvió a definir como una cruzada "contrarrevolucionaria", en la que resultó derrotado "el terrorismo subversivo que desafió a la República".

Invitado a declarar por Jaime Díaz Gavier, presidente de un Tribunal Federal que el reo volvió a desconocer, Menéndez admitió ser el "único responsable" de la política represiva de la que los secuestros, torturas y asesinatos de Humberto Brandalisis, Hilda Flora Palacios, Carlos Lajas y Raúl Cardozo son sólo una muestra.

"Yo como comandante fui el único responsable de la actuación de mi tropa. A mis dignos subordinados de entonces no se les puede imputar nada ni privarlos de la libertad como injustamente se ha hecho", fueron las palabras con que formuló la teoría de la "obediencia debida".

Pero Menéndez fue más allá, al actualizar su hipótesis conspirativa: "Se da la paradoja grotesca de que los terroristas subversivos que asaltaron la República en los años 60 y 70 para instalar sus grises organizaciones marxistas de importación, ahora se refugian y usan esas mismas instituciones democráticas para juzgarnos".

Hasta se tomó la libertad de citar autores impensados en su biblioteca, como Vladimir Illich Lenín. A él atribuyó una frase con que intentó ilustrar la estrategia de su enemigo izquierdista luego de su derrota militar: "La paz es la continuación de la guerra por otros métodos". Pero también apeló a otro continuador de la doctrina de Carlos Marx, el italiano Antonio Gramsci, para señalar que "ahora usan la táctica gramsciana de infiltrarse en las instituciones para atacar a la República desde adentro".

"No quiero ser cómplice de este doble crimen", leyó solemne. Y por eso insistió en que se niega a declarar "ante nadie que no sea mi juez natural", es decir, la justicia militar que solía impartir el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas.

Por último, reprochó que la Argentina es "el único país donde compatriotas juzgan a sus soldados victoriosos" y cuestionó a la Justicia por "facilitar a los marxistas el uso de los medios constitucionales para hundirnos en el abismo de la ilegalidad", para "regocijo y éxito de quienes quieren reemplazarlos por su burdo remedo comunista".

A la palabra de Menéndez sucedieron unos segundos de silencio en los que el auditorio se esforzaba por regresar al presente, como después de haber sido secuestrados por una máquina del tiempo y llevados ida y vuelta al oscuro planeta de la "Seguridad Nacional".

Algunos seguidores atentos de anteriores proclamas del represor, hurgaban en su memoria para intentar detectar elementos nuevos en su discurso. Pero no encontraron casi nada.

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