
Transcurridos casi tres meses del lock out de las entidades que representan al agro, si algo queda claro es que este conflicto, cuyo disparador fue la rebelión contra las retenciones móviles anunciadas el 11 de marzo, ha dejado de ser hace rato una puja meramente sectorial.
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* secretario general de la CTA. |
Aunque el relato con que se martilla desde los grandes medios de comunicación siga siendo el del formato composición tema “El campo estaba tranquilo y pide que el Estado lo deje trabajar en paz”, lo cierto es que lo que esta en juego, además de los cientos de millones de dólares de la renta extraordinaria, es la disputa por un modelo de país y un modelo de Estado que tenga o no potestad de intervención en la puja distributiva, núcleo de tensión de toda sociedad.
Se trata, tal como lo formulaba Emir Sader esta semana hablando en la CTA sobre la actualidad de los procesos posneoliberales en la región, de la puja entre la lógica de lo privado como derecho absoluto de sociedades mercantilizadas y de lo público como instrumento de construcción de sociedades más igualitarias. Lo que se discute es la legitimidad del Estado para intervenir en la economía, horadando el “inmaculado” principio de la propiedad privada. Se admite como algo normal y hasta necesario que el Estado intervenga para poner techo a los salarios. Pero se clama al cielo, cuando ese mismo Estado pretende poner techo a la rentabilidad empresaria. Si la derecha finalmente ganara, se habría creado un nefasto antecedente de restauración noventista.
Más allá de que el lock out termine deshilachándose, el conflicto en torno a la contradicción entre renta empresaria y derecho de los pueblos a la alimentación no sólo persistirá sino que amenaza con tornarse explosivo. No es producto de la casualidad que la exasperación agraria se produzca en momentos en que la soja escala posiciones en el mercado financiero internacional y en el que las Naciones Unidas a través de la FAO, advierte sobre futuros cataclismos sociales ante el alza vertical del precio de los alimentos en el mercado mundial.
La combinación entre mayor demanda por parte de China e India, producción de biocombustibles y especulación financiera, constituye una mezcla explosiva que terminarán pagando con hambre los más débiles del planeta si los Estados no intervienen. El fracaso rotundo de la Conferencia Mundial sobre la crisis alimentaria, nos tiene que hacer ver más allá de la punta del iceberg y encender la luz de alarma ante lo que Naomi Klein llama “el shock” o la imposición del capitalismo del desastre: profundizar las crisis hasta el paroxismo para luego imponer sus recetas como única salida.
Es tarea que ya está asumiendo el otro campo, el campo popular, terciar con el debate y la movilización para que haya más apropiación de renta, con más redistribución de la riqueza. Lo que no puede esperar es el trabajo con salario digno, la educación, la salud, la vivienda y la jubilación decorosa.
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