
Mariano Moreno sigue muerto y desaparecido. Belgrano reducido a puras estatuas vaciadas de sentido. Artigas un lejano rumor. Castelli, un nombre de pueblo perdido.
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* Periodista. |
Aquellos nombres que sintetizan el sueño colectivo inconcluso llamado Argentina, parido hace casi doscientos años atrás, yacen sepultados ante la incontenible marcha de los sectores privilegiados que no paran de acumular y distribuir pobreza y miseria.
Porque en la Argentina del tercer milenio hay una certeza: se distribuye pobreza y se concentra la riqueza.
La pesadilla de Moreno, Belgrano, Artigas y Castelli.
La realidad del presente, aunque la presidenta hable de lo contrario.
En lo alto de la sociedad, el diez por ciento más rico gana treinta veces más que el diez por ciento más pobre, según sostienen las propias mediciones oficiales de diciembre de 2007.
Los que más ganan, perciben -como mínimo- arriba de dos mil doscientos pesos mensuales, quedándose con más del 35 por ciento del total de los ingresos.
En el subsuelo, mientras tanto, el ingreso es de 73 pesos mensuales. Apenas el 1,2 por ciento del total de la riqueza patria.
Para los economistas de la CTA, Claudio Lozano, Ana Rameri y Tomás Raffo, “el 40 por ciento de la población con ingresos más bajos se apropió sólo del 12,8 por ciento de los ingresos generados. Dicho de otro modo: de cada 100 pesos generados por el proceso de crecimiento económico, el 30 por ciento más rico se apropió de 62,5 por ciento y el 37,5 por ciento restante fue repartido por el 70 por ciento de la población”.
Por otra parte, hoy los argentinos pagan “más impuestos que en 2001: entonces la presión tributaria era del 20,94 por ciento del Producto Bruto Interno , hoy es del 29,16 por ciento”, dicen las fuentes periodísticas.
El verdadero fracaso de Moreno, Belgrano, Artigas y Castelli.
Porque todos ellos sangraron y dejaron sus comodidades personales para contagiar la necesidad de construir un país nuevo y cuyos valores fueran la igualdad y la repartición de la riqueza, tal como se escribía en el siglo diecinueve.
Moreno desaparecido, Belgrano muerto en la pobreza, Artigas engrillado con setenta años y exiliado, Castelli enjuiciado y con cáncer en la lengua; parecían ser las condenas impuestas por el poder minoritario de entonces.
Que la historia venidera los reivindicaría no solamente en estatuas, nombres de plazas y avenidas, sino en la felicidad de los que son más en estas tierras de desmesuras.
Sin embargo, a dos años del bicentenario de mayo de 1810, semejante concentración de bienes en muy pocas manos confirma la hasta ahora perpetuidad de la condena contra aquellos que después fueron símbolos de las muchedumbres.
La historia, a pesar de todo, no está cerrada.
Habrá que construir una fuerza capaz de transformar la realidad y hacer concretos los proyectos de estos hombres.
Será la única manera de ser felices, de dar vuelta los porcentajes y sentir que tanta estatua y avenida no sean pura hipocresía.
Por ahora no se tocan los privilegios, por ahora -en esta Argentina crepuscular del tercer milenio- lo único que se distribuye es la pobreza.
Moreno, Belgrano, Artigas y Castelli siguen derrotados.
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