Territorio: Esteban Echeverría
Grande
Martes 24 de junio de 2008, por Martín Fedele *

En el sur del Gran Buenos Aires. En la frontera del conurbano. Mas allá, dicen, es territorio ruralista, los pigmeos de la soja. Andamos, soleados, en Esteban Echeverría. Militancia CTA en los barrios del monte.

Grande. Aquí, cierto, la batalla es cuerpo a cuerpo, a los tiros. Se habla de garrafas y ladrillos, de la leña y los techos y el agua potable. Cosas que faltan. Polvareda caliente.
Estamos donde está todo por hacerse.

Parece una imagen del monte chaqueño. Achaparrado y tupido. Verde. Parece el montiel profundo de la peonada entrerriana. El sol está gordo, blanco; el camino es pura tierra reseca. Vamos andando. Y entonces aparece el descampado, en el silencio, en una suerte de valle acordonado por pinos a un lado y eucaliptos al otro. Allí despunta en el entrevero el asentamiento La Victoria: 1500 familias levantando ilusiones.

El naranja de los ladrillos destaca inmediato. Cimientos y columnas y varillas de hierro. Las calles se van abriendo, los terrenos toman forma, el asentamiento ansía algún día ser un barrio. Y en eso andan, los compañeros, tenaces y obstinados. No hay luz eléctrica, no hay agua, no hay colectivos, no hay escuela, ni siquiera abundan las garrafas. Pero están la organización y el pulso de la confianza. Luchan.

Las compañeras de la CTA trajinan el asentamiento a lomo del Movimiento de Acción Barrial. Todas mujeres: Graciela Gómez, Inés Vargas, Sandra Chacoma. Ellas conocen y son reconocidas. Las muestras de agradecimiento llegan en forma de mate y torta frita. Un viejo lavarropas oficia de horno a leña. Los vecinos hablan de progreso, de mejoras, de organización en el barrio. Presentan orgullosos el Centro Comunitario que están edificando.

Hablan. Cuentan.

Emilia es la cocinera. Sonríe entre los flashes de las fotos y echa más leña al fuego del lavarropas. Estamos haciendo el esfuerzo, dice. Y para mí que esto sirve, mucho. Los vecinos vienen acá, se acercan, colaboran, esperan que tengamos listo el centro comunitario, quieren que el barrio progrese. Todos queremos estar mejor, dice. Y una nueva sonrisa dibuja en la mañana.
Los compañeros llegan acarreando bidones de agua potable. Están contentos. Va quedando lindo, dicen: Qué le parece. Y señalan las paredes del local que construyen en su barrio. Esto será muy importante, arriman, un lugar para juntarnos y hablar de nuestras cosas. Están contentos. Emilia ahora echa grasa en la sartén. Y manda saludos a los compañeros del asentamiento Monte Rosa, en Ezeiza.
Dice.

La leña sigue ardiendo.

A Dios gracias queda mucha.

Zanjeros

En la calle Fraga, casi esquina Alem. En las afuera de Monte Grande. Los compañeros están cavando zanja, metro veinte, a pala, en la tundra del barrio Las Colinas. 9 cuadras por mes. Y a instalar el agua en las casas. Es la Cooperativa de Trabajo Germán Abdala. Trabajan 16 compañeros. Llevan agua potable a los vecinos. Y de paso miran a las chicas desde abajo.

El día esta bueno.

Zanjeo. Y está el negocio del agua corriente y las cloacas. Pero los negocios son de otros, casi siempre los mismos: los amigos de los ajeno. Zanjeo. Los compañeros trabajan. Y ahora viene la avenida Alem, el asfalto, el duro macadán hecho de acero. Los compañeros cavan en compás y bromean sobre el ancho de las zanjas: lo que entre adentro, dicen. Las siluetas se pierden bajo la cintura. Es el mediodía. Zanjeo.
40 mil vecinos lograron el agua corriente en sus casas a partir del trabajo de las cooperativas encargadas del tendido de la red. Trabajo para los compañeros y agua para los vecinos, dice Ernesto Gálvez, en el local Sur. Los compañeros pelearon para tener este trabajo, dice, pelearon con las empresas y con el municipio. La organización permite estos triunfos: una cooperativa de trabajo para los compañeros.
Zanjeo.

Ernesto es albañil. Y habla de oficios y capacidades. Los jóvenes necesitan aprender un oficio, varios oficios, todos los que puedan, dice, porque así tienen más posibilidades de conseguir trabajo, sino se quedan afuera de todo. Ernesto también convida con torta frita. Y dice: hace veinte años que vivo en este barrio, y acá se nota enseguida cuando la cosa anda mejor o peor: cuando no hay para comer, dice, acá nos damos cuenta todos.

Las cocineras del comedor comunitario que coordina Ernesto puedan dar fe a las palabras que escuchan: cuando los precios aumentan, dicen, acá empieza a venir más gente. Y entonces el lugar queda chico. Tenemos chapas para agrandar el local diez metros, informa Ernesto.

Faltan ladrillos y algunos tirantes.

El olor a leña tostando viene del patio.

Estampitas y pistolas

Suena la cumbia. En los parlantes plateados. Cumbia santafesina, oímos. Otro lavarropas devenido horno calienta una olla de fideos. Tuco. Militancia en el Movimiento Acción Barrial. Mate. Ya comieron. El bombeador esta roto: la varilla, cuentan los compañeros.
Pelota y siesta.

El barrio La Paz parece burlar el sentido a su propio nombre: aquí abundan escaramuzas y tiros. A pocas cuadras está La Quema. Se refieren balas y calibres, tumberas, estampidos en el monte. Se habla de la noche. Un barrio bravo, dicen. Gustavo y Patricia saben lo que es lidiar con punteros, amigos del Jefe de turno, malandrines de poca monta, los que le venden alimento a los compañeros, dice Patricia.

En La Paz los vecinos cartonean. Ese es el laburo. Los carros aparcados bajo los árboles así lo atestiguan. Estamos contentos, dice Patricia. Siempre nos gustó ayudar a la gente, a los chicos. Acá hay muchas necesidades. Entonces el comedor y el merendero. Y la ropa. Y el apoyo escolar. Y el proyecto de trabajo para reciclar residuos. Compañeros cartoneros con ganas de organizarse.

El lavarropas arde.

Los perros olisquean en resoplidos.

Territorio y sindicato: una misma historia

En el año ’99 en la región de Esteban Echeverría-San Vicente- Ezeiza no existía organizada la Asociación Trabajadores del Estado. Jorge Ravetti, secretario Adjunto de la CTA Regional estaba recién llegado al Aeropuerto Internacional de Ezeiza como trabajador “castigado” en réplica a su actividad gremial.

Entonces empezó todo.

Tampoco había en la zona algunas organizaciones sociales que asomaran. Un grupo de compañeros delegados de ATE comenzaron a organizar la CTA. “Desde un principio entendimos que era una única construcción: sindicato y trabajo en los barrios”, apunta Ravetti. “Ideológicamente definimos que el gremio y el territorio eran una misma construcción”.

“La organización era una necesidad, no había tiempo para andar separando las cosas. El tiempo pasó y muchas situaciones se dieron en el medio, pero siempre mantuvimos la idea de trabajar con una concepción política integradora. Porque si estamos en la CTA, así debe ser: una construcción para los trabajadores con o sin trabajo. La construcción no puede ser entendida de otra manera. La pelea es una sola”.

Ravetti señala que las dos organizaciones crecieron juntas, una potenciando a la otra, dice. “En la resistencia construimos poder, un poder relativamente importante. Entonces tenemos que fortalecerlo y salir a la ofensiva. Pero para avanzar tenemos que plasmar ese poder en espacios de gestión. Crecer. A veces decimos que los gobiernos no ven la pobreza y la desesperación, pero también hay que ponerse a pensar si no somos nosotros los que no la mostramos con la fuerza necesaria”.

¿El “pasar a la ofensiva” no corre el riesgo de mancarse en palabras?

Es cierto, sí. Las palabras deben concretarse en hechos; porque si no nos quedamos en lo declamativo, nada más, y así no ayudamos a nadie. Una CTA fuerte se consolida en la práctica de todos los días, en la calle, en los lugares de trabajo, con más organización.

La pelea es con los hechos, entonces.

Sí, y no podemos cometer viejos errores: la experiencia nos tiene que servir para hacer las cosas mejor.

¿Hace falta profundizar el debate en la organización?

Sí, muchísimo, más y mejor debate, discusión, confrontación de ideas. Eso siempre hace falta. Siempre. Y ahora más que nunca.

Ravetti avanza en la charla: “En este lugar del país ATE creció tanto porque los compañeros de los barrios siempre estuvieron en las calles reclamando junto a nosotros. Entonces los compañeros estatales desde un comienzo entendieron que ellos también debían estar al lado de las organizaciones sociales, colaborando en todo, contribuyendo, fortaleciéndolos en cada momento”.

La identidad de clase aparece en la entrevista. “Hace mucho tiempo que nos está faltando”, resalta el compañero. “La alegría de pertenecer a la clase trabajadora nunca debe perderse de vista: eso es lo que nos va a mantener unidos. Estamos los que tenemos la dicha de tener trabajo y están los compañeros que hoy no lo tienen. Para ellos entonces tenemos que seguir peleando. Los problemas de los trabajadores son de todos los trabajadores”.

Termina Ravetti pulsando símbolos: “La Paritaria Social es muy importante, muy muy importante. Pero a la Paritaria Social ya la hemos declamado: ahora hay que empezar a construirla, en hechos. Tenemos que hacerla y no sólo decirla. Y en este sentido, por último, vale decir que debemos ser muy cuidadosos: no vaya a ser cosa que nos amontonemos con cualquiera.

En una Constituyente Social no se trata de juntar gente para la foto. La Constituyente Social es un hecho político muy importante. Tiene que ser una bandera del campo popular”.

Aeropuerto Internacional de Ezeiza: El bastión

img5722|right>Claudio Díaz tiene 28 años. Es el secretario de Finanzas de la CTA regional. También es trabajador del SENASA en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza. “El aeropuerto es nuestro bastión. Acá empezó la construcción de nuestro movimiento político y social. Los comedores y merenderos, las cooperativas de trabajo, los proyectos educativos que nosotros sostenemos en el territorio mucho tienen que ver con el aporte solidario de los compañeros del aeropuerto”.

Los trabajadores del SENASA, el Personal Civil, el Personal de Sanidad de Frontera, todos los compañeros están en ATE, en la CTA, en este proyecto colectivo. Así habla Claudio Díaz. Y dice más: “Los trabajadores del SENASA hemos logrado el Convenio Colectivo sectorial propio: un viejo sueño del compañero Germán Abdala: la paritaria propia. También hemos conquistado nuestra participación en el Consejo de Administración del SENASA. Y estamos en negociaciones para revalorizar la carrera de los compañeros de Personal Civil”.

Sobre el bastión pasan los aviones.

Van y vienen.

La responsabilidad es mucha, ¿no?

Es mucha, sí. Mucha. Y no podemos fallarle a los compañeros. La CTA tiene que ser nuestro lugar de pertenencia. Desde la CTA podemos construir más poder.

La charla todavía sigue. Pero el grabador ya no está encendido. Zumbido de motores sonorizan en la tarde del aeropuerto. Ruido tremendo. Ingresa una nueva carga. Fiscalización sanitaria, exige.

Y vuela.


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Redacción

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