Entrevista a Hugo Yasky
“Quería ser poeta”
Lunes 30 de junio de 2008

El secretario General de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) asegura que no mira televisión y que prefiere escuchar música. Se relaja tomando vino mientras prepara la cena con su pareja. Cree que en unos años llegará su aterrizaje como dirigente sindical y que podría haber sido un buen jugador de fútbol si no se hubiera dedicado al magisterio y a la política.

Vida cotidiana. Busca “sumar puntos” cuando se olvida del aniversario con su pareja, se emociona con las películas hasta llorar y confiesa que se ríe de sí mismo “tal vez demasiado, como una forma de castigarme”.

Tiene un tono bajo, casi apagado, y una mirada taciturna, que sólo se enciende cuando recuerda sus años de juventud. Con la cocina de fondo y sentado en el pequeño comedor de su casa de Parque Patricios, Hugo Yasky se muestra calmo, reflexivo y con una preocupación que sobrevuela todo su relato: el paso del tiempo.

¿Por qué decidió ser maestro?

Porque todas mis primas eran maestras. Cuando las ví a ellas que empezaban a trabajar y cómo se engancharon con la historia de enseñar, decidí que ése era el camino. En esa época era una cosa absolutamente extraña porque los hombres no trabajaban de maestros, se consideraba que era un trabajo para mujeres. Era muy rara la presencia del maestro. En el magisterio éramos tres o cuatro varones entre cuarenta mujeres.

¿Qué recuerdos tiene de esa época?

Fue muy linda e intensa. Yo estudiaba en una escuela nocturna en Caseros. Era un grupo muy politizado, publicábamos un periódico y además era una época en la que todo estaba en ebullición. Era el boom de la literatura latinoamericana y conocimos a Mario Vargas Llosa, a Gabriel García Márquez y a mucho escritores argentinos. Teníamos la idea de que todo se podía cambiar. Me acuerdo de que yo tenía un tío conservador de la Nueva Fuerza que decía que era inevitable que el socialismo se viniera. (Risas) Así que si lo decía mi tío, que era conservador, nosotros creíamos mucho más.

¿Cómo era la vida en un ámbito que habitualmente estaba destinado a las mujeres?

Tenía sus ventajas. (Risas)

¿Cuáles?

Uno podía elegir muchas novias. Había más para elegir. Era una escuela con mucha gente adulta. Nosotros éramos medio colados porque era para gente que trabajaba y yo no trabajaba.

¿Y por qué decidió estudiar en una escuela nocturna?

Porque en ese momento yo había asumido el oficio de escritor. Un amigo, que ahora vive en España y escribía poesía, me fue llevando a ese ambiente que se formaba en los cafés de la calle Corrientes, donde estaba Abelardo Castillo y otros poetas. Me integré a esa vida y en realidad jamás pensé que iba a terminar siendo dirigente sindical. En ese momento, yo había elegido ser poeta y escribía seis horas por día. Escribí mucho tiempo hasta que entré a militar en el sindicato.

¿Cómo eran esas reuniones en los cafés de la calle Corrientes?

En esa época tendría 17 o 18 años y Abelardo Castillo era como un gurú para nosotros. Algunos le llevaban un cuento para que él opinara, o se hablaba de política o de una obra de teatro. Las reuniones eran en el Politeama o en el bar La Paz, y alrededor de la mesa de Castillo se formaba como un séquito de personas que llevábamos un papelito doblado en el bolsillo con lo último que habíamos escrito. A mí nunca me tocó, pero siempre teníamos la ilusión de que leyera lo que uno había escrito y dijera: ¡Esto es una maravilla! (Risas) Yo era un bicho medio raro porque todo eso lo mezclaba con una vida muy de barrio en Ramos Mejía.

¿Sigue escribiendo hoy?

A veces me viene el reflejo de una frase y la escribo, pero en realidad es como otros oficios, si uno no se dedica a leer y a manejar el lenguaje, se pierde. Igual sigo leyendo.

¿Publicó sus poesías?

No.

¿Le gustaría?

Sí, sobre todo ahora que estoy llegando a un momento en el que empiezo a pensar en un aterrizaje suave. A lo sumo me quedarán ocho años más de actividad.

¿Por qué ocho años nada más?

Todos tenemos una vida útil. Así como un jugador de fútbol cuando pasa los treinta años tiene que empezar a pensar en su aterrizaje, yo creo que en esto también. Ese es el plazo que me pongo. (Risas) Y quizás podría volver a escribir o por lo menos juntar las cosas que escribí, que las tengo arrumbadas hace años.

Entiendo que sus primeros pasos como docente fueron en una escuela pública de La Matanza, ¿cómo fue esa primera experiencia?

En realidad mi primera experiencia como maestro fue en la colimba y fue muy linda. Quizás eso me marcó y me ayudó a pensar que el país no era ese pequeño círculo en el yo vivía. La colimba la hice en el Cuerpo de Ingenieros en Campo de Mayo y me pusieron como alfabetizador de un grupo de treinta compañeros de Corrientes y Córdoba. Empecé con ellos mi primera experiencia como docente, alfabetizándolos, y después hicimos una amistad muy fuerte con algunos de ellos. Sentí que eso era algo que me apasionaba, ver que alguien que no conoce una letra de pronto pueda escribir. (Se emociona.) Después de ahí, pasé a La Matanza como maestro. Era el año 1970, cuando ya el activismo y las coordinadoras sindicales eran fuertes. Fue como entrar en un mundo nuevo. Yo era parte de esa clase media que no tenía idea de lo que era la vida en los sectores populares.

¿Qué fue lo más difícil que le tocó afrontar como maestro?

El primer trabajo que tuve fue en una escuela en el barrio Antena, en La Matanza, y ahí estuve por dejar. Tenía alumnos grandes, que tendrían 14 o 15, por la repitencia, y a una de mis alumnas la atropelló un auto y yo no me había enterado, pero la chica atontada por el golpe dijo: “El maestro no me vino a ayudar”. Yo no me había ni enterado y al otro día cuando llegué a la escuela me estaban esperando la madre y el padre de la chica y la directora. “¡Usted es una bestia humana! ¡No merece llevar el guardapolvo!”, me decían. Cuando la piba se recuperó y pudo hablar, se aclaró todo. Pero ese día pensé en dejar todo.

¿Qué recuerda de sus años de escolaridad?

Estudiaba en una escuela nacional, que es la misma donde estudió mi viejo y quedaba a cuatro cuadras de la farmacia de mi abuelo Salomón. Le decían la escuela de la Ramona, porque todo el barrio la conocía por el nombre de la directora. En esa época, de los treinta pibes del grado, tres eran los hijos de la burguesía de Ramos Mejía, otros eran más pobres y el resto éramos de clase media, pero estábamos todos mezclados. La escuela tenía esa condición, te mezclaba. Hacía que uno aprendiera a convivir de otra manera. Respecto a los maestros, tuvimos de todo.

¿Alguna vez le hizo una broma pesada a un maestro?

Yo no era de hacer muchas cosas, al contrario, era más bien retraído. Lo máximo que hicimos fue treparnos a un árbol que estaba al lado de la escuela para afanar unas ciruelas.

¿Le hicieron alguna a usted?

Me pasó una cosa muy cómica cuando me fui a hacer la revisión médica para ver si estaba apto para ser maestro. Llegué y había una cola terrible y eran todas mujeres. Entonces, las que revisaban también eran mujeres. Cuando me tocó el turno, la mujer que me atendió me dijo: “Desnúdese la mitad del cuerpo”. Yo pensé: “¿Qué mitad me está diciendo? Será la de abajo”. (Risas) Así que me desnudé la parte de abajo y cuando la mina me vio pegó un alarido. Y me dijo: “¡Usted qué se piensa que es esto!”. Casi me rajan por inmoral. (Risas).

Como maestro, ¿tuvo que pasar por alguna situación incómoda?

Y sí. Siempre eran escuelas de villas, es decir, eran ambientes duros. Pero, como decía un compañero mío, el maestro que trabaja en villas termina asimilándose, hasta en la vestimenta. Una vez tuve un encontronazo con uno de mis alumnos y los pibes me vinieron a buscar a la salida para cagarme a trompadas.

¿Qué hacía para imponer autoridad?

A veces había que ponerse firme. Uno a veces se arrepiente. Una vez agarré a un pibe que tenía de punto a una chiquitita, lo llevé aparte y le dije: “Si no la cortás, te voy a sacar a patadas en el culo de la escuela”. Era complejo, pero yo, por mi activismo sindical ya tenía una relación con ellos como si fuera de la misma familia.

¿Qué cosas le molestan que le hagan?

Me molesta la gente que repite boludeces sin saber de qué habla. Yo viajo mucho afuera porque soy presidente de la Internacional de la Educación y me da vergüenza cuando los argentinos hacen algunas cosas. Afuera son bastante insoportables. Uno reconoce a los argentinos en un aeropuerto porque gritan o algunos se quieren subir a un avión con dos antenas parabólicas y les dicen al que los atiende en la ventanilla de Miami: “¡Vos sos un negro de mierda!”. Eso me da vergüenza ajena. Me molesta los que manejan con los autos último modelo y te pasan por el costado o te hacen luces y te tocan bocina porque se compraron un auto que anda a 220.

¿Cómo es en la convivencia cotidiana?

Eso habría que preguntárselo a quienes han sido mis compañeras. (Risas) En general soy tranquilo, casi en el borde de lo introvertido. Trato de ser respetuoso.

¿Está en pareja actualmente?

Sí.

¿Conviven?

Sí y no, porque mi pareja tiene sus días con su hijo y yo tengo mis días con mis dos hijas más chicas. Pero cuatro días de la semana convivimos en la casa de ella en Pompeya.

¿Por qué cosas discuten?

Ella es de Boca, yo soy de River. (Risas) Discutimos por los temas de la convivencia cotidiana, por ahí cómo me paro yo ante mis hijos que es distinto de como se para ella. Eso a veces genera discusiones. O quizás porque me olvidé el día de nuestro aniversario.

¿Qué hace para reconciliarse?

Son varios días de sumar puntos. Hago las cosas que se hacen siempre como en cualquier pareja. Uno aprende después de muchos años que una pareja requiere de un esfuerzo.

Cuénteme un día suyo.

Un día normal, según estén las cosas, a la mañana me llaman las radios y otras veces uno no existe para los medios y está más tranquilo. Luego de desayunar, dos veces por semana voy a un gimnasio y los martes juego al fútbol con mis amigos y compañeros de trabajo. El fútbol me permite descargarme. Luego voy a la CTA.

¿Va a la cancha?

No. Miro el fútbol por televisión. Pero sobre todo me gusta jugar.

¿Qué le gusta hacer por las noches?

Llegar a mi casa y escuchar música. No miro televisión. Claudia en general prepara un clima para que la adrenalina se me vaya yendo lo más rápido posible. Abro una botella de vino mientras vamos preparando la comida.

¿Va al cine?

Sí.

¿Cuál es la última película que vio?

No sé.

¿Recuerda si lloró con alguna película que haya visto?

Sí, yo me emociono mucho con las películas. Una que me gustó mucho es Contra la pared y también Good Bye Lenin.

¿Qué cosas lo hacen reír?

Las cosas de la vida cotidiana.

¿Considera que tiene capacidad de reírse de sí mismo?

Sí, por ahí demasiado. Tengo una tendencia a castigarme demasiado. Reírse mucho de uno mismo es un modo de castigarse.

¿De qué no se reiría jamás?

Del relieve concreto de la miseria o la ignorancia. Hay gente que le resulta gracioso cuando un tipo muestra su miseria.

De lo que ha hecho hasta ahora, ¿qué le da orgullo?

Me siento orgulloso de ser un tipo que anda por la calle y vive en un barrio como cualquier otro.

¿Qué lo ha frustrado?

Eso que me hubiese gustado hacer: escribir. O ser jugador de fútbol. Hoy todavía siento que soy una especie de relámpago en el área chica, pero no se me reconoce públicamente. (Risas)

¿Le teme al ridículo?

Sí, quizás es a lo que más le temo. Tal vez es porque vengo de una generación que está más cerca de la tragedia que de la farsa y por esa conformación cultural uno es más temeroso del ridículo. Tengo miedo de ser un viejo choto de éstos que uno ve y que digan: “Este tipo ya no se da cuenta de que no tiene 30 años”. Pienso: “Mirá si un día ando como este ‘pescado’ con un collar, pelado y con una colita”.

Fuente: Gabriela Vulcano, Diario Crítica de la Argentina

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