
Pasaron al frente, desde el asiento de sus motos. Recorren las rutas argentinas, participan en encuentros rituales como los del Parque Roca y trabajan en agencias de mensajería compartiendo con los hombres un trabajo a destajo en la ciudad de la furia. Con los consiguientes riesgos: seis muertes diarias en todo el país. La historia de Silvia Cabrera, motoquera y sindicalista de la CTA.
Silvia Cabrera, de 36 años, se está bajando de la moto. Lo está haciendo literalmente al final de su jornada de trabajo, cuando llega a la reunión en el Sindicato Independiente de Mensajeros y Cadetes (Simeca-CTA), donde es secretaria de Derechos Humanos.
Pero también se baja de la moto en el otro sentido: decidió dejar el trabajo que durante nueve años le permitió mantener a sus tres hijos, aprender unas cuantas leyes de la calle y tener un historial de accidentes que incluye huesos rotos y un coma cerebral de tres días.
Llega y se presenta en la entrevista usando “Cristina” como primer nombre, lo que sorprende a su compañero Luciano Schilaci, secretario general del sindicato, que la conoce como la negra Silvia y la presenta como una de los más valiosos miembros de la agrupación que está en espera de obtener del Ministerio de Trabajo la personería gremial para defender la situación de 20 mil trabajadores motoqueros.
A Silvia le bajó la ficha –la idea de dejar su trabajo en la calle– hace unas semanas, cuando murió su madre enferma. Le había prometido que lo haría, poco después de que un automovilista que abrió la puerta sin mirar hacia atrás le incrustó la hebilla del casco en la cara. Para ella fue un accidente menor.
–Una mujer que se sube a la moto para ganarse la vida y mantener a tres pibes, tiene que tener ovarios.
Lo dice vestida todavía con su ropa oscura de cuero, casi un uniforme, y el toque femenino en su chaleco de lana. Aclara que lo femenino suele perderse, que la pintura se corre a las dos cuadras de andar, que la cara se llena de grasa como las manos siempre preparadas para cambiar cubiertas. O para cambiar el carburador en plena Panamericana. Adquirió esas destrezas de su padre mecánico y corredor, a quien ayudaba a los tres años y con quien se montó en una Gilera 125 a los siete.
–Los primeros años determinan tu vida y me gusta haber aprendido a escuchar qué le pasa a la moto, conocer si el humo es de carburador o de aros. Hay todo un ritual, hasta le tiro agua bendita.
Y después dice algo sobre la necesidad de transformarse, de masculinizarse para ser respetada:
–Una vez un taxista me encerró andando a 100 por Libertador y cuando se abre el puente, saliendo a Juramento, me dijo que me fuera a lavar los platos. Ahí saqué la U y le rompí el espejo. Está mal, pero este trabajo te vuelve agresiva, te enferma la cabeza.
Schilaci, gremialista y todavía mensajero, pide permiso y da las pistas del origen de la violencia y los accidentes: una estadística nacional elaborada por el sindicato que habla de seis motociclistas muertos diariamente, en una rutina extrema:
–La fuente de las muertes es el trabajo a destajo, de 9 de la mañana a 7 de la tarde, todos los días de la semana, cuando manejar más de seis horas en el caos de esta ciudad es inconcebible, con una contaminación sonora que supera en casi 300% lo permitido, lo que genera irracionalidad y una personalidad violenta.
Luciano repasa los modos de trabajo en las agencias de mensajería: por cada viaje se cobra un porcentaje. De un viaje de ocho pesos los pibes cobran el 50%, a los que hay que descontar nafta, comida y los gastos de la moto. Dice que en algunas agencias se gana más, pero “a riesgo de ir a 160 por el Obelisco”, detalle que hace menos sorpresivo el dato de la muerte diaria como rutina. Cristina explica que hace años eligió trabajar de forma independiente porque no soportaba el esquema que le proponían los agencieros:
–Tenés un destino en Tigre a las dos de la tarde y dos bancos en el centro que cierran a las tres. Estás todo el tiempo con el handy, te preguntan cuánto te falta y ahí los pibes pasan los semáforos en rojo y se suben a la vereda.
Y todo eso en la ciudad de la furia, donde “se maneja mal, la gente está acelerada, arriesga la vida, los peatones cruzan por cualquier lado sin mirar, el colectivero te tira el coche y el tachero te pelea”.
Una de las decenas de historias la muestra en Callao y Corrientes, pegándose un palo con un taxi que le abre de golpe la puerta. Ella cae, se logra levantar, se le atraviesa al taxista y justo aparecen una veintena de motos que venían detrás y se solidarizan.
–Lo cagaron a trompadas al chabón, me tuve que ir.
Lo dice sin alegrarse, pero agradeciendo los códigos de los suyos: “Motoquero tirado, motoquero que se lleva”.
Y la ficha que le cayó: “Me puedo morir y están mis hijos en mi casa”, dice, recordando palazos, caídas, el coma de tres días, “los pibes que se matan por 20 pesos, por un sobre, por hacer un manguito más, sin una ley que obligue al agenciero a pagarles casco y equipo de lluvia, que son los elementos de seguridad”.
Ahora busca concientizar a compañeras y compañeras en normas claras de manejo. Quiere organizar una escuela de educación vial y es portavoz del sindicato en su idea de que haya méritos reales para obtener un registro de auto, moto o camión. Silvia además estudia Periodismo de Investigación en la Universidad de las Madres y organiza campañas de formación en Educación Sexual para los motociclistas. Como portadora sana de HIV supo de la discriminación laboral antes de trabajar en mensajería y quiere que la prevención sea norma.
Luciano Schilaci calcula que las motoqueras que trabajan en Capital son unas 50. Si son madres, como Silvia, tienen que buscar el modo de trabajar sin estar pendientes de lo que cocinarán a la noche, o de llegar y ver si los chicos hicieron la tarea. Todas las noches los hijos de Silvia le piden que baje las pulsaciones. Le podrían decir también que ya tuvo cuatro neumonías en un año, que trabaja hasta 12 horas, que le pagan menos por ser mujer.
Silvia dice que quiere recuperar el placer de andar en moto. “Agarrar la ruta es el momento de éxtasis total, con el aire, la velocidad, los códigos de respeto, es muy diferente”, dice con cara de feliz cumpleaños. Quizás ponga un comercio. Lo que tiene por seguro es que seguirá dedicando tiempo al trabajo en Derechos Humanos en Simeca-CTA, para que deje de pasar lo que hoy es parte del paisaje natural: “El cinismo, la falta de principios y una pérdida total de valores”.
Fuente: Diario Crítica de la Argentina
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