
Tienen una ventaja, una gran ventaja: tienen años de historia. Años de organización y praxis política en la ciudad de Buenos Aires. Es el Movimiento de Ocupantes e Inquilinos, el MOI; es el derecho esencial a la vivienda, un derecho en llagas, lastimado, pero vivito y coleando en el temple militante.
Primero fue en la resistencia, en la toma de edificios, las batallas de los desalojos, canalizando necesidades en miles y miles de compañeros sin techo. Ahora, organizados en Cooperativas de Vivienda, están construyendo sus propios hogares.
Están en obra.
En el barrio de Barracas, en una zona codiciada por el mercado inmobiliario porteño, entre viejos edificios reciclados y monumentales obras en construcción taladrando el paisaje. Los Altos de Barracas, así han bautizado a esta franja de la ciudad que, dicen los interesados, está llamada a ser la “Puerto Madero” del futuro: confortables loftes, oficinas lujosas, restaurantes petiteros, hoteles cinco estrellas, madriguera obligada para sostener el status.
Esto dicen. Esto apuntan.
Y el futuro parece que ya llegó.
Es el boom inmobiliario, la embestida territorial de los dueños de la ciudad (ya sin disfraces ni cotillones) sobre un barrio emblemático, postergado, olvidado durante décadas, devaluado en su mala fama de vicio y marginalidad. Es el negocio de la tierra, perpetua, atestada en asfalto y cemento, ajena a la soja pero tamizada en un mismo color verde: el verde de los dólares.
Avanzan, decididos, los sojeros del hormigón armado.
Pero Barracas es Barracas, desde siempre, desde que la ciudad fue parida, mucho antes que el mercado dispusiera esta escamosa revalorización de su suelo. Entonces entra a tallar la historia. Y el Movimiento de Ocupantes e Inquilinos (MOI) guarda un lugar de privilegio en la historia de Barracas: en el barrio funciona la Casa Base de la organización y en el mismo barrio se edifican dos conjuntos habitacionales para 80 familias.
Son las cooperativas de vivienda del MOI.
El techo propio para los compañeros.
Los dúplex resplandecen contra el sol de Barracas: amplios, cómodos, luminosos, funcionales. Están a punto de ser habitados. Faltan detalles de terminación, informan los compañeros, pisos y aberturas. Y listo. En dos meses ya estamos adentro, dicen entusiasmados. Falta poco. 30 familias esperan el momento soñado: la casa propia construida con sus propias manos. Es el fruto de la cooperativa de vivienda Yatay.
En el Pasaje Icalma.
Doña Chola está ansiosa, feliz, plena, descubre emociones, atropella palabras diciendo la alegría por tener lo que nunca tuvo en la vida: su casa. Ayer me subió la presión, cuenta, diecinueve de alta. Doña Chola tiene 65 años, y los últimos veinte los pasó luchando por una vivienda. La cooperativa nos demostró que somos capaces de organizarnos y hacer las casas nosotros mismos, dice.
Nosotros apostamos a la cooperativa, a la organización, y ahí usted tiene las lindas casitas que nos hicimos, casitas grandes, amplias, con un toque de distinción. Chola refiere los años de resistencia, empellones y bravatas en edificios tomados y retomados, los rabiosos días de desalojos, enredada en edictos y ordenanzas, cuando la subsistencia cotizaba en balas de goma.
Ahora tenemos nuestras casas, insiste Chola surcando la futura cocina que ahora huele a revoque fresco. Está emocionada. Y no lo oculta. Y chacotea cual mentada conductora del canal Utilísima diciendo que las viviendas populares bien pueden tener un toque de diseño y estilo. Luz, comodidad, esas cosas que repiten en las películas.
Se ríe. Con ganas.
Está contenta.
En la esquina del Pasaje Icalma abre el portón la compañera Isabel Pereyra. Es uruguaya. Y entonces llama a la curiosidad la ausencia de un buen termo y un mate. Estamos en la cooperativa de vivienda La Fábrica: un inmenso terreno cubierto donde alguna vez supo funcionar una textil: allí ahora esperan 50 dúplex para los compañeros.
Ya son una postal. Las coquetas viviendas del MOI, entre victorianas y obreras. A fin de cuentas, Buenos Aires está repleta de espacios dónde alguna vez funcionaron fábricas, depósitos, talleres. Tiempo devenido vivienda popular. El comentario ladino cae entonces solito: los compañeros construyen sus casas entre el hervidero de loftes supercaros que por estos días estremece a Barracas. Esos de ahí cuestan como un palito verde, dicen. Y cogotean para el edificio de enfrente.
Es la ventaja de haber estado a tiempo.
Y con las ideas claras.
Los compañeros trabajan en los tinglados, añejos, apilan chatarra y cascotes. Es la ayuda mutua, la autogestión, las 18 horas semanales dispuestas a la cooperativa, la capacitación, el proyecto colectivo, la pertenencia. Tenemos muchas expectativas, cuentan. Estamos preparándonos para lo que viene.
Obligatorio usar caso, dice en todos lados.
En esta lucha constante entre la pobreza de recursos y un hombre que quería a toda costa conquistar el más viejo ideal de la especie humana: un techo que lo resguarde del agua. Las palabras pertenecen a un cuento de Horacio Quiroga. Y como pocas describe ese Derecho Humano esencial refrendado en cuanta declaración de principios circule en el orbe: el derecho a la vivienda digna.
Remate, desalojo, las palabras malditas.
Y esas causas judiciales sobre el lomo.
Un nuevo portón que se abre, otro conjunto habitacional del MOI. En el barrio de Constitución, en la calle Solís. En un antiguo molino harinero; con esos aires británicos en su arquitectura: colosal, imponente, como enfrascado en un arrabal del bajo Londres. Allí los compañeros de la cooperativa El Molino construyen 100 unidades habitacionales. La primera etapa del plan de obra ya entró en su fase final: 21 dúplex a estrenar en lo inmediato.
“Si tenés problemas de vivienda, vení a construirla junto a nosotros”. Así convoca un afiche del Movimiento que reluce en el pañol de obra. Y los compañeros van y vienen, con sus herramientas, con sus cascos amarillos, sube y baja el montacarga, las compañeras humedecen ladrillos, enguantadas y urgentes, los apilan, en los andamios se gastan bromas, el ruido a albañilería apenas deja oir una tonada chamamecera sudando en la radio, irrumpe el zapucay, las carretillas aparecen por todos lados, en las alturas de los departamentos truenan las carcajadas, la mezcladora devora arena y cemento, en el fondo cortan las varillas, alguien pregunta por la soldadora, los fratachos fratachan…
Y todo, todo, vuelve a empezar.
Es la obra.
También en la senda de la radicación el MOI ha logrado afianzar su trabajo en el territorio. La escrituración de las propiedades ocupadas en los años ’80 permite avanzar en los programas de mejoras estructurales destinados a estos inmuebles. La Ley 341 (sancionada en el 2000) obliga al Estado comunal a financiar este tipo de proyectos. Este es el caso de las cooperativas Perú y La Unión del barrio de San Telmo.
Cuando firmamos la escritura festejamos varios días seguidos, rememoran Leonor Rojas y La Kena. Esto nos costó mucho esfuerzo, dicen, pasamos muchas necesidades, muchos malos momentos. Pero la fuimos remontando, organizamos la cooperativa, nos jugamos, confiamos, y salimos adelante. 16 familias viven en el edificio de la Calle y otras 25 en el de la calle Azopardo, a metros de Puerto Madero.
Las compañeras saben bien lo que es lidiar con policías y truhanes, con revendedores de alcaloides, con punteros mala entraña y martilleros disfrazados de funcionario publico. Conocen el pulso cotidiano del barrio hasta en sus más íntimos detalles. Y entonces quieren seguir adelante, en la organización, en la albañilería. Acá le metemos mucho esfuerzo, dicen, corazón, sentimiento; acá ya echamos raíces.
En los adoquines de San Telmo, claro.
Néstor Jeifetz es arquitecto, devoto del Racing Club de Avellaneda, hombre de militancia. Y es también el presidente del Movimiento de Ocupantes e Inquilinos de la CTA. Es un tipo de hablar pausado, metódico, empírico, como un arquitecto formado en la universidad pública de los años ‘60. Y dice:
“La primera sensación es una sensación de optimismo. En la ciudad, en el país, y en Latinoamérica vivimos etapas de transformación que, como siempre, son el resultado de un proceso histórico. Las crisis y las transformaciones son similares en casi todo el continente. El campo popular tiene que avanzar hacia el manejo real de los ejes del poder, avanzar en serio hacia la noción de poder. Porque tampoco tenemos que confundirnos y creernos una visión estupidizada e infantil del poder. Este es un momento propicio para hablar del verdadero significado de la noción de poder, el poder real, que no es el gobierno en sí”.
“Pero las transformaciones tenemos que profundizarlas, más todavía, mucho más, porque entonces no estaremos avanzando, sino retrocediendo. Estas son crisis de optimismo, son el resultado de etapas históricas ya transitadas. Desde la caída del campo socialista, hasta hoy, en Latinoamérica hemos vivido etapas similares, aunque con lógicas y realidades propias, el desarrollo histórico es muy parecido”.
En materia de hábitat y suelo Néstor apunta que las políticas autogestionarias llevan un profundo contenido político y cultural. Y esto no es una apreciación formal, aclara, esto es un hecho político concreto.
Los ladrillos no mienten…
No, no mienten, ahí están. Y la organización también es un hecho político concreto, objetivo. Entonces, cuando hablamos de motorizar en serio un movimiento político, social y cultural de liberación, tenemos que entender que lo cultural es lo más profundo y hermoso, pero lo más complejo a la vez.
-El desafío de la transformación
Así es. Y las políticas autogestionarias ponen en cuestión el sentido del poder, porque cruzan un eje clave como es el suelo y los recursos financieros del Estado y del capital concentrado.
-Los ilustres socios del Estado…
Históricamente subsidiados y privilegiados. Así es. Por eso entonces decimos que la dimensión de las políticas autogestionarias pone en juego las bases estructurales de la sociedad capitalista.
A lo largo de la charla Néstor reivindica a la Coalición Internacional del Hábitat y a la Secretaría Latinoamericana de la Vivienda Popular. También recuerda con especial cariño al Padre Pichi, heredero de Mujica en la Villa 21. Y la experiencia del PADELAI y los ocupantes uruguayos del Frente Amplio, de quienes tanto aprendieron en los agitados años ’90.
Ahora Néstor habla de la necesidad de impulsar Hábitat CTA, como una forma de unificar las experiencias más significativas de la Central en políticas de suelo: la Federación de Tierra y Vivienda, la Organización Barrial Tupac Amaru, el Movimiento Territorial de Liberación y el Movimiento de Ocupantes e Inquilinos. Néstor dice: “Tenemos que confluir en un espacio común dentro de la CTA. Pero no para compartir caminos paralelos, como lo hicimos hasta ahora, sino para potenciar el capital social que hemos construido en todos estos años”.
La charla se interrumpe abruptamente: en el teléfono informan que cayó una inspección aparentemente municipal en el edificio de la avenida Independencia. Es uno de los tres edificios del MOI donde funciona el Programa de Vivienda Transitoria para las familias en crisis habitacional.
Nos vamos para allá.
Redacción
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