La innoble desigualdad
Viernes 29 de agosto de 2008, por Carlos Del Frade *

La geografía engaña. Miles de kilómetros separan la provincia de Salta, en el extremo noroeste de la Argentina, de Villa Lamadrid, en el Gran Buenos Aires, el principal Estado del país que todavía musita en la letra de su himno aquello de ver la igualdad en el trono de la vida cotidiana.



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Periodista.

Pero los pibes no se dejan engañar. Esos versos del himno cada vez son cantados con menos ganas, ni siquiera por obligación. La letra no les llega al alma. Porque ellos -los pibes- saben que más allá de las distancias, ven los efectos de la mentira en las existencias de otros tantos chicos.

La geografía engaña porque cualquier desprevenido puede asegurar que en Villa Lamadrid, en Ingeniero Budge, hay muchas cosas más que en Santa Victoria, provincia de Salta. Luces, asfalto, edificios cercanos, colectivos, embotellamientos, hospitales más o menos cercanos y mucha, mucha publicidad que promete la cercanía del privilegio reservado para muy pocos. Allá en el norte, en cambio, todo parece más agreste. Hay diferencias. La geografía se hace cómplice del engaño.

Pero los pibes no se dejan engañar. Ellos sienten el mismo castigo, la crudeza del sistema que atraviesa la realidad cotidiana de los que habitan lugares que por más que aparezcan muy lejanos entre sí en las marcas de los mapas, son idénticos a la hora de mostrar las llagas de las consecuencias.

No importan los miles de kilómetros de distancia ni las diferencias formales. En lo estructural los pibes revelan la verdad del himno que no es. En el trono de la vida cotidiana, allá en Salta, acá en el Gran Buenos Aires, reina la innoble desigualdad. Por más que la geografía simule distancias y diferencias.

Los pibes saben y los médicos, aquellos que siguen sensibles y comprometidos con la suerte de los que atienden, verifican la innoble desigualdad. Esa que iguala en consecuencias perversas a las víctimas del sistema que atraviesa la geografía y las distancias y perfora las supuestas diferencias materiales.

Las voces que recoge el periodismo en el Centro Comunitario “Padre Conforti”, en Villa Lamadrid, en Ingeniero Budge, gritan la innoble desigualdad: "Estamos en el momento más crítico. Con el frío, los chicos se nos mueren como moscas y acá no hay remedios...", y los pibes, entonces, devienen en ángeles exiliados de la tierra para todos por efecto de enfermedades de la edad media como la tuberculosis, el hambre, la lepra y por infecciones respiratorias.

Y allá en Santa Victoria, en el techo de la Argentina, en Salta, el sistema iguala una vez más a los castigados, a los crucificados. “Hace una semana, un grupo de médicos de la Asociación Cristiana Argentina de Profesionales de la Salud visitó ese paraje olvidado en el norte argentino.

El primer día, Adela Sare, la directora del hospital local (que sólo tiene tres médicos, incluida la directora) se lamentaba. "Qué lástima que no llegaron ayer. Se nos murió un bebe de menos de dos años; estaba desnutrido, tenía bronquiolitis y se nos fue", sollozaba la mujer. Una de las voluntarias del hospital había pasado la tarde anterior luchando por hacerle beber una mamadera con leche maternizada. El bebe la rechazaba una y otra vez, y al final falleció. "No podíamos hacer que la tomara porque el agua acá es salada", cuenta Norma. Falleció pocas horas después”, expone la crónica.

La geografía engaña. Hace creer que las diferencias en kilómetros también es verificable en las condiciones de vida. No. Es el mismo país. Es el mismo sistema. En el trono de la vida cotidiana reina la innoble desigualdad. Y los pibes lo saben. Por eso, los pibes, cada día cantan el himno con menos ganas. Ya no quieren ser cómplices.

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