
Cuando uno los ve marchar, escucha sus consignas, es testigo de sus debates, la organización de las tomas, no puede menos que recordar a aquellos que pudieron ser sus padres, y hoy están desaparecidos.
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* Periodista. Equipo de Comunicación de la CTA |
Fueron decenas los estudiantes secundarios asesinados durante el terrorismo de Estado. Quizá, el episodio más difundido del genocidio sea la denominada “Noche de los Lápices” que se conmemora este 16 de septiembre como Día de la Reafirmación de los Derechos del Estudiante.
A la “Teoría de los dos demonios”, sucedió una especie de historia pasteurizada donde la mayoría de los compañeros secundarios desaparecidos fueron detenidos por luchar por el boleto escolar u otras reivindicaciones sectoriales.
Niños inocentes versus milicos bestiales. Algunas versiones de la historia se parecen a un cuento de hadas para dormir conciencias.
La verdadera historia es más problemática. Esos secundarios eran culpables de algo más que luchar por un boleto escolar, eran portadores de un proyecto de país. Eran tan peligrosos como su esperanza y su convicción de lograr un reparto justo de la riqueza. Peleaban por tener un futuro, donde cabiéramos todos.
Después de escuchar a estos pibes en sus asambleas, de ver que las becas son apenas parte de aquello que exigen y por lo que luchan, uno se da cuenta que la administración Macri no se equivocó dando instrucciones para que las tomas sean resueltas como un asunto policial.
Esos pibes son peligrosos. Cuando uno escucha sus debates se da cuenta que hasta son capaces de soñar con un país distinto, sin excluidos.
Soñar es peligroso, a veces hasta cuesta la vida.
Si lo sabrán los civiles que hicieron las listas de los que debían ser secuestrados, torturados y asesinados.
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