Alejandra Angriman, Secretaria de Igualdad de Género de la CTA
El triunfo de lo colectivo
Jueves 4 de septiembre de 2008, por María Mendez *

“La Negra”, como la conocen muchos, anda siempre apurada entre la oficina de la Central y la del sindicato. Fuma Parissien y el celular suena como loco porque “hay conflicto” y tiene que irse al Ministerio de Trabajo.

Milita desde que se acuerda. Desde que andaba con otras adolescentes por los bares de Caballito, tomando café y escuchando a los más grandes hablar de política.

Alejandra nació en la Capital Federal, en 1960. Es la tercera hija de una familia numerosa. Tres varones y tres mujeres, todos muy seguidos, son los hijos del médico Angriman y su mujer, una enfermera que decidió quedarse en casa a cuidar de sus hijos. “Mi vieja era una mina muy especial, muy progre. Ella y su papá, que era juez, fueron los que me incentivaron a leer. Ya en séptimo grado leíamos política con uno de mis hermanos. Y en primer año del secundario, yo leía marxismo como poesía”.

Por aquellos años, en Caballito, la vida giraba en torno a las iglesias y los colegios que las distintas órdenes católicas supieron levantar en la zona. Los jóvenes estudiantes no sólo iban a las clases o la misa. También desarrollaban la acción católica, iban a trabajar al barrio o la villa y organizaban actividades para los más chicos. “Estar en ese colegio de monjas tercermundistas fue una experiencia muy importante para mí. Y quiero rescatar una cosa: participar en la política no era una situación excepcional, que es lo que muchas veces se pretende decir. La verdad es que en esa época lo raro era no tener ningún tipo de participación”.

Y además estaba el debate en el bar, con los varones del industrial. “Yo tenía también unos primos más grandes, de 18 años, que me habilitaban la lectura y me llevaban al bar con sus amigos. La escena era: jóvenes reunidos discutiendo política, y tomando café, no cerveza. Se discutía el peronismo y la izquierda. Y por supuesto, en qué organización ibas a militar. Ese fue el clima en el cual me eduqué y viví. Eso fue lo que me formó”, recuerda.

Después vino su participación en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y la dictadura. En 1975, personal del Batallón 601 allana por primera vez su casa. “Buscaban a mi primo, pero revolvieron todo y les dijeron a mis viejos un montón de cosas acerca de mí. Ahí empezó la persecución sobre algunos miembros de mi familia. Y sobre muchos de mis compañeros. Para que te des una idea, en la que era la cuadra de mi casa hay doce compañeros desaparecidos. Doce”, repite Alejandra mientras su mirada parece perderse en aquella imagen febril de juventud y alegría.

Después del golpe del 76 hubo dos nuevos allanamientos y Alejandra empezó a vivir en casas ajenas. “Estuve un tiempo en Uruguay, en una casa que tenía mi familia, pero ahí también hubo un allanamiento de las fuerzas conjuntas uruguayas. Después de muchas idas y venidas me fui del país. En el 79 me exilié en España. Muchos compañeros pudimos salir. Aunque no supe como vivir lejos”, reconoce.

Volvió al país en 1981. Sintió a flor de piel el dolor, las pérdidas, la soledad. Volvió al pequeño mundo de los afectos y la familia y empezó a trabajar de maestra con el título que había conseguido en el colegio secundario. “Fue volver a la nada, a no tener una organización”, dice y enseguida una sonrisa se dibuja en su cara. Es que unos meses después encontró un pequeño aviso en el diario. Estaban convocando a una asamblea de docentes. Y ahí se fue.

El retorno de la democracia la encontró trabajando de maestra y estudiando en la Facultad. Se casó con un periodista español y unos años después, “con la llegada del turco al gobierno”, se separó. Nunca dejó de militar, nunca. Y tampoco cuando cambió rotundamente su trabajo. “Me estaba cagando de hambre y tomé la decisión de ingresar en un laboratorio. Conseguí rápido el trabajo porque en ese momento las multinacionales estaban apretadas por el tema del género y decidieron incorporar a muchas maestras. Pero mucho no aguanté con la minifalda y el escote. A los tres meses de ingresar en Pfizer me metí en un conflicto gremial por el tema de unos viáticos”, explica. Y bueno. Ocho meses después, la echaron.

Ahí conoció a sus compañeros del sindicato de visitadores médicos. “Me acuerdo como si fuera hoy cuando ingresaron a la asamblea, Ricardo (por Peidro) y Julio Macera. Y ellos también se acuerdan. Fue extraordinario. Me enganché y nunca más paré. Descubrí que estaba todo lleno de ex militantes. Y volví a sentirme parte. Fue maravilloso”, asiente “La Negra”.

Alejandra es mamá de Martín, un sol de 12 años que le aguanta las reuniones del gremio y de la CTA. “Para mi fue un honor haber tenido la posibilidad de ser parte de esa generación, de estar con todos esos compañeros que murieron, que en realidad me acompañan desde lo que fueron, desde lo que creyeron, desde lo que hicieron, en el sentido de los ejemplos, de la constancia”, reconoce y se emociona.

Pero no afloja. “Yo sigo creyendo que a la gente la conmueve el dolor ajeno. Y no tengo dudas. La función del militante es trabajar con los otros en la certeza de que en ese nosotros está la posibilidad de mejorar el mundo. Eso aprendí de muy chica. Porque no es que los jóvenes que participaban en esa época se levantaron un día y dijeron somos buenos. Yo no creo que uno milite desde la bondad. Creo que uno lo hace por las propias contradicciones que tiene cuando ve este mundo. Por eso es que no hay posibilidad de vida desde lo individual. Y la lucha sindical es la lucha más clara en ese sentido, es donde se ve, poderosamente, el triunfo de lo colectivo”, concluye.

recibir ACTA en tu correo electrónico

Piedras 1065 - Ciudad de Buenos Aires - República Argentina

(5411) 4307-6932 - prensa@cta.org.ar - www.cta.org.ar


sitio desarrollado en SPIP y alojado en www.redcta.org.ar