
Hernán Invernizzi es periodista, ensayista y escritor. Participó en el panel “Dictadura y democracia. Política cultural y resistencia” junto a la escritora Susana Dillon y el periodista Luis Rodeiro, organizado por el Cispren, durante la última edición de la Feria del Libro Córdoba.
Invernizzi no se cansa de repetirlo. Sostiene que el proyecto de la dictadura, basado en el terrorismo de Estado, tuvo su correlato en un plan sistemático de desaparición de libros, símbolos, discursos, imágenes y tradiciones.
En diálogo con Prensared, habló del hecho paradójico en el que se dirime la formación del pensamiento nacional en un mundo global, los sofisticados modos en que opera la censura económica en los multimedia y el mundo editorial, cómo se decide en Europa lo que se lee en Latinoamérica, y el malestar en la cultura y la urgente necesidad de intervención del Estado a favor de la diversidad cultural.
¿Qué se entiende hoy por pensamiento nacional?
El pensamiento nacional en un mundo globalizado tiene aspectos paradojales porque aparecen definiciones tramposas que vacían de sentido las diferentes formas de expresión locales, nacionales y regionales. La globalización es una variante más del imperialismo cultural y si algo interesa al poder del mundo global, apoyado en las nuevas tecnologías, es creer que pueden hacer desaparecer los pensamientos locales y nacionales. Esto es peligroso porque apunta al pensamiento único, que no es otra cosa que el neoliberal.
En Argentina, entre los años ´30 y ´40 ó ´50 y ´60, el vínculo entre el campo intelectual y el mundo de la producción era muy estrecho. Jauretche, Dalmasso, Dellepiane, Homero Manzi, Roberto Arlt, Scalabrini, que de alguna manera son sus gestores, no aparecieron mágicamente, sino de las luchas populares de la época. No es que por un lado estén los académicos o divos que arman el pensamiento nacional, si no que surgen en la medida que acompañan los procesos sociales, y se vive de modo genuino el hecho de trabajar y participar. Ahora, el tema es bastante difícil, salvo excepciones, porque no existe una relación estrecha ni de integración entre el campo intelectual y de la acción política. Esto hay que asumirlo como parte de la derrota que sufrimos.
¿Cómo se presenta en el mundo editorial las propuestas?
Por un lado, con la crisis del 2001 hubo aspectos muy importantes de la coyuntura que cambiaron, y esto se nota también en el mercado editorial. Algunas empresas que habían dejado de estar presente en el país, comienzan a volver con novedades, por ejemplo, Siglo XXI o el Fondo de la Cultura Económica. Muchos títulos de autores que se dejaron de editar en la Argentina neoliberal volvieron a ser libros que tenían sentido, en el marco del nuevo movimiento cultural que empezó a sentirse con la crisis de la Alianza.
Por otro lado, el problema de la concentración de poder en el mercado editorial es gravísimo. En Argentina está manejado por media docena de empresas que deciden en Europa lo que vamos a leer. En los años 60, lo que leíamos los argentinos se decidía en América latina, México o Buenos Aires. Hoy, desde una cultura lógica empresarial de beneficio, se hace en Alemania, Francia, Inglaterra, España.
Y si bien, frente a esto, la Argentina tiene muchas editoriales independientes heroicas con proyectos diferentes, no significan un segmento importante del mercado. Lo mismo que sucede con los intelectuales pasa con las industrias culturales que también expresan la coyuntura de lucha popular. En la medida que se gane participación en organización también se recuperan las industrias culturales, pero no creamos que por sí mismas se vayan a restablecer.
¿Hay materiales imprescindibles que no se hayan reeditado?
En términos de autores y libros, no. El problema no es que no se hayan reeditado libros nunca leídos, si no es que es difícil verlos. El marketing de las grandes editoriales es apabullante y, además, las que se ocupan de los autores que nos interesan, no tienen stand ni góndolas en los supermercados. A mí me encantaría ver a nuestros autores en los súper, pero también sería bueno que no cuesten cincuenta pesos. Como decía Boris Spivacow, el creador del Centro Editor de América Latina y Eudeba, “un libro debe valer un kilo de pan”, no hay ninguna razón para que no pueda ser así.
¿Cómo operan los procesos de censura actualmente?
La censura es un proceso donde se mezclan puros intereses económicos con los de la clase política, y funciona a través de la regulación del mercado. En el sistema actual no es que el Estado o la policía prohíban algo, sino de manera sofisticada. Por ejemplo, en la cultura argentina, el hecho de que no haya con qué contrarrestar la hegemonía y centralidad del programa de Tinelli se vuelve una forma de censura por los modos en que opera: el programa que pertenece a un multimedia tiene siete u ocho programas de televisión que hablan de este, más media página de diario todos los días, y si les sumas las radios…
Entonces uno se encuentra conque se combinan la concentración de lo medios de comunicación con una centralización, hegemonización y universalización del producto que hacen inviable cualquier otra clase de proyecto. Aquí lo terrible es que en un contexto de economía neokeyneseana donde se puede intervenir hasta la economía, con la cultura no se decida nada. Pero entonces, ¿qué está pasando con el malestar en la cultura?
Si el Estado no interviene en beneficio de la diversidad, que existan nuevas expresiones o diferentes alternativas de comunicación o culturales, estamos jodidos, porque por mucho que salgamos a la calle, escribamos libros, escuchemos cumbia villera, bandas alternativas, etcétera, el eje de la cultura argentina sigue pasando por Tinelli. Esta es la forma de censura más preocupante de todas. Las negociaciones hoy se dan de poder a poder. Y en esta coyuntura, nos encontramos con que la censura no es un libro prohibido.
¿Y la autocensura en la prensa?
No creo en eso, porque trabajé de periodista. El periodista siempre conoce cuáles son los intereses del medio para el que trabaja -aunque no guste que diga esto-, pero históricamente fue así. Acaso, por ejemplo, en los años 30, quienes trabajaban en la Prensa o La Nación, ¿podían elogiar a los anarquistas? o ¿hablar bien de Severino Di Giovanni? o ¿hacer algún comentario a favor de los diputados radicales o socialistas cuando presentaban proyectos laboralistas?
En realidad, la autocensura es cuidar el trabajo. Claro que el periodismo en Argentina tiene modelos y miserias memorables. Lo bueno que tuvo el periodismo digno de este país es que encontró la alternativa para que lo que no puede decir en el medio que le paga, lo hace en otro lado. Por cierto, no es lo mismo la autocensura hoy que en la dictadura.
Muchas veces se arman tribunas para escrachar a periodistas que en esa época no dijeron una cosa u otra, y que seguramente si lo decían, los mataban. Hay que tener cuidado con la moral abstracta porque siempre termina funcional a la derecha. Es necesario ver cada situación. Buscar héroes o pedirle al otro que sea siempre heroico es muy peligroso.
En el periodismo, ¿hay resistencia cultural?
La prensa es una parte protagónica de la cultura. Y si hay resistencia, es cultural. Por izquierda o derecha no se toman en serio genuinas expresiones populares en la cultura argentina de hoy, independiente de que gusten o no. Por ejemplo, si un periodista se dedica a investigar, conocer, difundir, la cumbia villera -que está estigmatizada, descalificada, marginada-, es un hecho cultural importante y de resistencia cultural. No estoy hablando de gustos musicales si no de expresiones populares.
Me sorprende la mirada elitista que tiene mucho periodismo argentino autoproclamado progresista, que lo es en cuanto los temas le interesen y que, por lo general, lo son por razones de clase y, hace que, por ese mismo motivo no se acerquen a un país que pide a gritos que lo conozcan. La resistencia cultural desde la prensa empieza por ahí. En Buenos Aires desde Constitución, Retiro o el Once.
De hecho es muy poco probable encontrarse con periodistas de grandes medios que conozcan los barrios o las calles del primer o segundo cordón industrial de la ciudad. Los medios no dan cuenta de lo que sucede detrás de los ojos de este periodismo que es el mismo que cada tanto se da con la sorpresa de que quemaron un tren, cortaron una calle, o se inventó un género musical que genera una recaudación impositiva por fin de semana superior a todos los cines del microcentro porteño. La resistencia cultural en el periodismo no tiene sólo que ver con hacer un medio alternativo o promover ese mundo de ideas que nos gusta, también es dar a conocer un país del que no se habla, y esto es darle imagen, voz, presencia.
Fuente: Prensared, la Agencia de noticias del Círculo Sindical de la Prensa y la Comunicación de Córdoba (Cispren-CTA)
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