
Tiembla la economía global del capitalismo. En pocos días hemos visto cómo la crisis hipotecaria derivó en crisis financiera y ésta, a su vez, se trasladó a la economía real.
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La votación en el Capitolio nos muestra, además, que a la crisis económica se añaden la crisis política en el imperio y quebrantos en las relaciones de los Estados Unidos con la comunidad europea que acaba de lanzar públicamente sus quejas porque Washington –alegan- se muestra incapaz de ponerle fin a su terremoto y lo está trasladando más allá del Atlántico provocando catastróficos derrumbes bancarios.
Obviamente, después del nuevo lunes negro –y seguramente los habrá más- ya la cosa no será igual, no podrá ser igual. Parece evidente que madura en la incubadora del capitalismo un cambio de procedimientos en la economía global del neoliberalismo. En el camino, son muchos los capitalistas que serán cadáver. Se trata de un cambio en dirección, por un lado, a una mayor concentración financiera y económica y, por otro, a atar aun más al Estado a la suerte de la empresa privada, no a favor de los pueblos, sino en función del fortalecimiento del segmento más poderoso del capital.
Por lo tanto, lo que aguarda al planeta puede ser más autoritarismo del imperio, si es que en el mundo no se toman los resguardos necesarios, políticos y económicos.
Vivimos el fracaso de un modelo, el de las finanzas de la especulación. Un modelo que movía cifras más allá de lo imaginable. En los Estados Unidos, ese capital supera los 60 billones de dólares y, según cifras del Banco de Basilea, esa masa especulativa que circula por el planeta llega a la friolera de 612 billones, es decir, una cantidad tan gigantesca que es doce veces mayor que el producto bruto mundial.
Quedó expuesto que el territorio de la especulación financiera venía siendo mayor que el segmento capitalista de la producción.
El consumismo, precisamente, ha sido uno de los inventos de la especulación. Se impulsaba a consumir más y más a fuerza de inyección de créditos bancarios que se hizo difícil recuperar. Sin controles, por supuesto, ese sistema está haciendo crack y el Estado de las grandes potencias capitalistas tiene que hacerse cargo de esa “iliquidez” para evitar males mayores.
Ahora bien, está claro que el autoritarismo del imperio buscará hacernos pagar también a nosotros las estafas de sus buitres financieros. Por lo tanto, lo que se impone ante las noticias que sacuden al planeta, es tomar rápidas medidas de protección.
Para estar a salvo, no alcanza con tener superávit fiscal y un Tesoro con fondos suficientes como para atajar cualquier golpe especulativo. Si nos quedamos en esa, a corto o mediano plazo sentiremos también en Argentina los efectos porque nuestra economía está atada al esquema global de las potencias capitalistas, tanto por la vía del comercio exterior, como por la de la economía interna. Habrá que desatar ese nudo. ¿Por qué? Entre otras cosas, porque en Estados Unidos y Europa la falta de crédito hará caer el consumo. Ya está sucediendo. Rápidamente hasta las empresas más sólidas del imperio bajarán la producción, pueden dejar de pagar a proveedores y desencadenar una ola de despidos. Lo grave es que esas mismas empresas, los pulpos multinacionales, son las que tienen el dominio de la producción en Argentina. El 80% de las 500 empresas más grandes aquí radicadas son trasnacionales, en primer lugar de capitales norteamericanos. Las decisiones emanarán de sus centrales y no las tomarán teniendo en consideración el interés de Argentina. En consecuencia, si no adoptamos medidas de nacionalización, los efectos de su crisis se harán sentir aquí, especialmente sobre la masa trabajadora que sufrirá los efectos de una mayor desocupación.
Una de las medidas de protección deberá ser el control de las herramientas básicas de producción y de servicios, de los hidrocarburos y la energía, de las comunicaciones, del acero, del comercio exterior, del movimiento financiero. Ellos deberán ser instrumentos de soberanía, no instrumentos de inversores foráneos que los utilizarán para despegar de la crisis a costa de los países dependientes como el nuestro.
Habrá que fortalecer el mercado interno a través de una redistribución de la riqueza, justos salarios, verdadera movilidad jubilatoria, créditos para desplegar las obras públicas beneficiosas para el pueblo, y crear fuentes de trabajo para un mayor consumo interno y contrarrestar así lo que se perderá con la caída de las exportaciones al “primer mundo”.
Debemos fortalecer nuestros vínculos con América latina e impulsar una integración económica donde no sean las trasnacionales las que se beneficien sino los pueblos ejerciendo soberanía.
Cuando en 1929/30 se desató la gran crisis en Estados Unidos, trece países latinoamericanos, como resguardo, suspendieron los pagos de la deuda externa. Habrá que tomar esa medida ahora. Nunca en peor momento ha sido el anuncio presidencial de pagar al Club de París.
En lugar de hacer ese pago deberíamos poner en marcha, de una vez por todas, el proyectado Banco del Sur para que podamos contar con créditos para un desarrollo con independencia en el marco de una estrecha relación con los pueblos que constituimos la Patria Grande.
Los momentos de crisis suelen ser las vísperas de grandes cambios. Este es el momento, pues, para desatarnos del imperio.
Frente a la crisis de las potencias capitalistas, la respuesta debe ser más soberanía y más integración con los pueblos de América latina.
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