
El sociólogo Sebastián Benítez Langhi señala que los medios despersonalizan las crisis para no asignar culpas a las corporaciones y los empresarios. Critica la desigualdad en el acceso a las últimas tecnologías.
El sociólogo Sebastián Benítez Langhi cree que una distribución más equitativa de las competencias educativas y culturales no sólo permitirá un mejor empleo de las nuevas tecnologías sino también avanzar hacia un cambio profundo en el orden actual.
Tras varias semanas, la crisis financiera mundial continúa sacudiendo al mundo entero. Con ella, la incertidumbre viaja desde las portadas al bolsillo de cada ciudadano.
Junto a ella, la búsqueda de interpretaciones se sucede minuto a minuto. Sebastián Benítez Langhi es doctor en sociología y realiza un posgrado en el CONICET. Además es magíster en Sociología de la Cultura y dicta clases en la Universidad de Buenos Aires (UBA).
Uno de los aspectos que parecen más llamativos de ésta y otras crisis financieras es que los grandes actores parecen no tener un rostro identificable. Hablamos del mercado, las bolsas, el sector financiero, las bancas, etc. Salvo los presidentes europeos, que aparecen como quienes intentan resolver esto.
Esta impersonalidad de los mercados viene desde siempre en el capitalismo. De hecho muchos teóricos hablan de la mano invisible. En esta crisis no aparecen responsables, no hay nombres de los ejecutivos de los bancos, de quienes hicieron las operaciones que llevaron a ella. Menos se habla de la lógica capitalista que conduce invariablemente, cada cierto tiempo, a estas crisis. Se apela a la crisis como un producto de las fuerzas de la naturaleza, sin que haya responsabilidades, ya sea en términos de sujetos específicos o de clases sociales. Parece que no es un problema de los capitalistas ni del capital, sino una crisis a la que condujo la economía y los mercados, sus movimientos. Ahora los mercados tienen características personales, se ponen de mal humor, tienen euforias, se deprimen. Ya tienen personalidad. Sólo les falta ir al psicoanalista.
Es cierto que los medios de comunicación, a veces inocentemente, otras no tanto, dejan de plantear esta cuestión, porque al no plantear responsables, ni analizar en profundidad las lógicas capitalistas que conducen a estas crisis, lo que se presenta es la inevitabilidad de la crisis en sí misma. Se suele presentar a los políticos y representantes como los diablos que condujeron a esto. De ahí que los presidentes sean los que ponen la cara, pero no los verdaderos artífices y beneficiarios, porque en todas estas crisis siempre hay beneficiados.
Pocos diarios reflejan algo que los grandes medios no, y es que la sociedad estadounidense está comenzando a manifestar rechazo al yuppie, al hombre de la city, como representación del sujeto que vive de las finanzas.
Los medios de comunicación, más allá de los lazos económicos, muchas veces sienten que criticar a una empresa privada es encender una mecha que se les puede volver en contra. Porque ellos también son corporaciones privadas y tienen muchos vínculos con bancos, multimedios, etc. Las ligazones son muy profundas.
Entre los distintos análisis que se hacen, algunos dicen que está llegando a su fin una etapa del capitalismo, acaso la más salvaje, caracterizada por el predominio de la especulación y la renta financiera. Y dado que esa etapa ha ido de la mano con la sociedad de la información, seguramente también se verán socavados algunos de sus cimientos. ¿Se puede pensar en un cambio en la sociedad de la información tal como la hemos concebido?
Es difícil pronosticar qué va a pasar en la dinámica capitalista. Sin duda va a haber algún impacto. Va a haber algún nuevo orden en términos de la distribución del poder económico a nivel mundial. Se discute si Estados Unidos va a seguir ejerciendo su predominio. En cada crisis hay una redistribución de fuerzas. Sin embargo, hasta aquí el capitalismo ha salido victorioso o fortalecido de estos colapsos. Generalmente, lo que tienden a hacer los gobiernos y las corporaciones es cargar el peso de las pérdidas y de los festines que se dieron a la sociedad. Seguramente se vienen tiempos de ajuste. Ya se habla no sólo de recesión sino de depresión en la economía mundial. En definitiva, va a repercutir siempre en los sectores de las clases populares, que van a verse privadas de sus capacidades de consumo. Ahora, no necesariamente va a ocurrir que las clases subalternas puedan comenzar a cuestionar al capitalismo.
Las críticas a las estructuras no necesariamente implican que haya actores con capacidad y conciencia social para revertir y presentar alternativas frente a esto. En particular, sobre la sociedad de información la cuestión es ver si se puede empezar a problematizar el poder de los medios de comunicación. Por ahora no veo que la cosa se vaya a revertir, más allá de que quizás va a estar en cuestión el circuito financiero en sí. Las nuevas tecnologías favorecen la volatilidad, la flexibilidad para retirar capitales de un lado al otro, para interconectar el sistema financiero a nivel mundial, etc. No sé si es que hay un cuestionamiento a la dinámica del capitalismo financiero actual.
Días atrás apareció un estudio que establece que Argentina ocupa el segundo lugar en Latinoamérica en cuanto a conexión a Internet. Ese número indicaría que somos un país con gran acceso a las nuevas tecnologías. Sin embargo, usted dice que el acceso a las tics no es equitativo, como tampoco lo es la distribución de la riqueza.
El acceso a las nuevas tecnologías refleja desigualdades que hay en otros aspectos, sobre todo en la distribución de la riqueza y en el acceso a la educación y a capitales culturales necesarios, no tanto para acceder a la infraestructura sino para poder darle un uso que sea productivo para cada uno de los actores sociales. Muchas veces se señala la existencia de la famosa brecha digital porque hay personas que no pueden acceder a la informática. Esa brecha digital en realidad responde a brechas culturales, educativas, económicas, que repercuten en el modo en que se distribuye el acceso y el manejo de las nuevas tecnologías.
A pesar de que estos números marcan una alta posición respecto de otros países latinoamericanos, en el interior de la sociedad argentina existen desigualdades. Clases altas y medias altas, a través de Internet, a través de los celulares, permanentemente conectadas dentro al espacio virtual. La vida para ellos no existe separada de las nuevas tecnologías. Pero otras clases sociales, sobre todo los sectores populares, lo ven como algo completamente ajeno, de lo cual se ven excluidos por los procesos mismos de distribución de las competencias económicas y educativas, y a la vez caen en procesos propios de autoexclusión. De las encuestas nacionales sobre consumos surge que más de la mitad de la población argentina nunca accedió a Internet.
Una de las fantasías de esa sociedad es que con las nuevas posibilidades de acceso a la información habrá más posibilidades de participación, con lo cual podremos lograr una democracia más plena.
Es una de las “tecnoutopías” que han sido defendidas tanto por la derecha como por algunos estudiosos progresistas. La tecnología vista como una herramienta totalmente neutral, que puede ser utilizada para bien o para mal. Pero en su utilización, el acceso universal al manejo de las nuevas tecnologías implicaría necesariamente una mayor participación en las decisiones y por lo tanto en la distribución de las riquezas. Y con eso está demostrado que esa tecnoutopía no es tal.
Creer que con la inclusión digital de la población se van a solucionar todas las brechas, más las desigualdades en términos de participación y distribución de los poderes decisionales, son utopías que responden a una ideología creada en los países centrales. Todo pasaría por una cuestión de acceso. Todos felices cuando nos conectamos a Internet porque eso garantizaría una democratización. Las tecnologías potencialmente habilitan nuevos canales de participación. Pero son las relaciones sociales y las construcciones sociales que cada sociedad se pueda dar el uso que se le vaya a dar y que esas potencialidades sean realmente explotadas.
Fuente: Luis Zegarra, Diario Puntal de Río Cuarto, Córdoba
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