
Los que descuartizaron a Túpac Amaru enseñaron a olvidarlo. Los conquistadores españoles y sus serviciales socios locales impusieron la prohibición de la memoria a partir de la crueldad.
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* Periodista. |
Esparcir los restos del último inca por los distintos lugares del Perú y en los alrededores del Lago Titicaca para que resultara letal recordar su rebeldía.
Los matadores enseñaron a partir de la tortura los beneficios de la subordinación.
Miles y miles de hermanos quedaron en las entrañas del Cerro del Potosí a cambio del oro y la plata que se llevaban los maestros del saqueo y el dolor de siglos.
Una curiosa pedagogía que buscaba continuar la domesticación a lo largo de mucho tiempo.
Hasta que surgieron nuevas y renovadas insurrecciones y no hubo posibilidades de reciclar el silencio y el temor.
Sin embargo, el regreso de Potosí no solamente se observa en la bestial extracción de riquezas minerales en territorio argentino que se va del país sin dejar nada salvo la contaminación de la tierra y la enfermedad entre los trabajadores, sino también en manuales escolares y universitarios que renuevan la pasión por la dependencia y la negación de la crítica.
Una repetida vergüenza por quienes se entregan a cambio de unos pesos traicionando a su propio pueblo.
Potosí sigue siendo posible porque siguen existiendo Malinches, como diría una canción popular mexicana de los años setenta.
Así el Ministerio de Educación de la provincia de Chubut distribuyó un libro titulado “Pura Naturaleza”, donde recomiendan sitios de internet que glorifican el trabajo de “una organización periodística al servicio de la minería”, una desfiguración del oficio que en realidad encubre propaganda que oculta el daño de las minas a cielo abierto.
En ese mismo territorio, la minera IMA Explorations distribuyó en las escuelas el denominado “juego de los minerales”, una especie de juego de la oca, en el que se “remarcaba el potencial de plata y plomo de la zona y, desde el punto de vista empresarial, es una introducción al mundo minero”, apuntan las crónicas periodísticas que nada tienen que ver con esta malversación del trabajo de informar.
En La Rioja, por ejemplo, el propio gobernador, Luis Beder Herrera, pasó de “prohibir la minería (por ley) a transformarse en su máximo defensor y (por otra ley) impulsar su desarrollo en toda la provincia. Todo en sólo dos años. Por las críticas recibidas, apuntó contra las Asambleas Riojanas y les prohibió que brinden charlas informativas en las escuelas de la provincia”, sostiene la crónica de los renovados Malinches que pululan por la Argentina justificando los Potosí del tercer milenio.
Los ejemplos siguen: el rector de la Universidad Nacional de Chilecito, Norberto Caminoa, reconoce que investigadores de la casa de altos estudios “realizaron trabajos de remediación ambiental para Alumbrera y afirma que podría trabajar, sin contradicciones, con la compañía Barrick Gold, que explora en la provincia y encendió el rechazo comunitario”.
Por su parte, Minera Alumbrera -en sociedad con la Universidad Nacional de Tucumán, el gobierno catamarqueño y el Gobierno nacional- “explota desde hace trece años el yacimiento más grande y cuestionado del país.
La Universidad Nacional de San Martín (Unsam) le brinda servicios, entre ellos informes de impacto económico. En 2004 realizó un estudio con conclusiones elogiosas. Con 257 páginas, festeja que Alumbrera produce 8200 puestos de trabajo y genera ingresos al país por 722 millones de pesos al año”, mientras se lleva 8 mil millones de dólares, dato que por supuesto no figura entre los malinches del presente. Los justificadores de los Potosí contemporáneos.
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