
Se acerca la hora del desfile y las columnas comienzan a formarse. El espectáculo es impresionante: banderas que flamean de un lado para otro al ritmo de los bombos y las canciones creadas para la ocasión. Es como si el carnaval se hubiera adelantado con todo su colorido. La fiesta del pueblo ya comenzó y nadie quiere quedarse afuera de la alegría de los nadies que, irreverentes, quieren volver a escribir su propia historia.
El barrio es un hervidero: los compañeros van y vienen cargando banderas y bombos, gorras y paraguas; el momento del desfile llegó y la mística ya envuelve a todos. La plaza, los quinchos, las calles e incluso la fábrica de bloques y adoquines parecen vestidos para la ocasión. Al costado de la iglesia un grupo de compañeros saltan y cantan mientras se tiran agua para combatir el calor; a su lado, dos señoras los miran sonrientes mientras un compañero grita pidiendo que la columna comience ordenarse porque hay que desfilar, aunque su voz no logra superar el sonido ya ensordecedor de los tambores y redoblantes, que suenan envueltos en el humo celeste y blanco de las bengalas.
Es como si el carnaval se hubiera adelantado con todo su colorido. La fiesta del pueblo ya comenzó y nadie quiere quedarse afuera de la alegría de los nadies que, irreverentes, quieren volver a escribir su propia historia.

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