
El Almirante Massera y el sueño de la mayor flota de submarinos latinoamericana; el Astillero Domecq García y la empresa alemana Thyssen; los trabajadores de ATE, Germán Abdala y el fin del sueño; Alejandro Olmos, la deuda y el Club de París. Una historia de despojo saldada en efectivo.
El primer intento de poseer un submarino nace con la Revolución de Mayo, relata la historia naval. Un comerciante llamado Samuel Taber convenció a la Junta de gobernantes de la factibilidad de una máquina sumergible en nuestros pagos. El mismo Cornelio Saavedra –cuentan- aprobó el proyecto que luego se mancó con la muerte del comerciante.
Recién en 1933 Argentina pudo tener sus primeros submarinos tras comprárselos a Italia. Se los conoció como los sumergibles “Tarantinos” y se bautizaron con el nombre de provincias que comenzaban con S. Santa Fe, Santiago del Estero y Salta fueron los pioneros y sirvieron hasta los 60 cuando fueron radiados con mil inmersiones en el lomo.
Tras la victoria de los Aliados, los norteamericanos impusieron su tecnología en esta parte del mundo. Entre 1945 y 1946 el S-11 y el S-12 se sumaron a la flota y a principios de los setenta fue el turno de dos veteranos de la Segunda Guerra Mundial pertenecientes a la Armada de los EE.UU., el S-21 y el S-22.
Avanzados los años setenta, la moda era comprar submarinos alemanes. Argentina adquiere el ARA Salta y el ARA San Luís siendo alistados en el Puerto de Buenos Aires, en la orgullosa empresa nacional TANDANOR.
Durante la tercera presidencia del General Perón, por una ley secreta del Congreso Nacional, se inició el desafío de superar a Brasil, Chile y Perú en cantidad de submarinos. El, por entonces, Jefe de la Armada Emilio Massera – genocida bajo condena- logró plasmar el proyecto en 1981, bajo el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, cuando creía que el país y el futuro estaban en sus manos.
Mediante financiamiento del gobierno alemán se acordó construir el Astillero Domecq García en la Costanera Sur para el ensamblaje de 4 submarinos TR 1700 cuyas chapas, motores, instrumental electrónico, herramientas, tecnología, bisagras, conocimientos, tuercas y tornillos serían aportados por la empresa Thyssen junto a dos submarinos construidos enteramente en Emdem, Alemania ( el ARA Santa Cruz y el ARA San Juan).
La empresa Thyssen era un pulpo armamentista desde antes de la Segunda Guerra. Principal fabricante mundial de aceros especiales, cañones y de todas las escaleras mecánicas que utilizamos. No fabricaba submarinos desde que perdió la guerra pero con los marinos argentinos había un “no se qué”. Massera, Lambruschini y Mauricio Schoklender, representante local de los alemanes, le encontraron la vuelta y pusieron en marcha el negocio. Schoklender, por cuestiones nunca aclaradas del todo, tuvo un trágico final. Como tantos otros que rozaron al Almirante Zero.
En 1981 los marinos exultantes inauguran el imponente astillero, vecino de Tandanor (otro gigante trunco) y se inicia el ensamble de lo que nunca sería el ARA Santa Fe. En diciembre de 1984 arriba a Mar del Plata el S-41 y un año más tarde el ARA San Juan navegando desde Alemania.
“El Astillero convoca a los mejores especialistas del área. Caldereros, soldadores, torneros, montadores, cañistas, frisadores de elevada capacidad. El 70 % de los obreros tenían estudios secundarios y fueron tentados con sueldos mayores a los que se pagaban en astilleros privados” recuerda Gustavo María, secretario general de la Junta Interna de ATE-Domecq cuando 800 de los 1200 trabajadores eran afiliados del sindicato.
Al año de su inauguración estalla la guerra de Malvinas y todo se diluye. La guerra se pierde y un submarino atómico inglés pone en jaque a toda la Armada. Los delirios de perpetuidad se desinflan y los submarinos del astillero ya empiezan a ser inviables, si alguna vez no lo fueron.
“La primera traba fue una exigencia de calidad inusual, superior a la que usaban los propios alemanes, que detenían el armado y atrasaban siempre el trabajo. Después vinieron las tercerizaciones innecesarias, la tardanza de los alemanes para aprobar cualquier cosa, los hechos de corrupción y el cese del pago de la deuda”, comenta María.
Y sigue con su monólogo: “En 1986, con Germán Abdala a la cabeza, propusimos usos alternativos del complejo (construcción de vagones de carga, reparación de buques pesqueros, equipamiento para las empresas del estado) para salvar la fuente de trabajo porque veíamos que los submarinos no iban ni para atrás ni para adelante. Recurrimos al gobierno de Alfonsín, a las Cámaras de diputados y senadores pero todos se hicieron los boludos. Nuestro desafío era armar uno para demostrar que se podía. Pero no nos dejaron. Llegó un momento donde hacíamos que trabajábamos, pasamos 53 días sin cobrar nuestros sueldos y la amenaza de cierre se hacía latente”
Cuando llegó Menem se apagaron las esperanzas. Cientos de trabajadores calificados que aún quedaban se vieron en la calle, los submarinos sin construir fueron abandonados, las partes para ensamble se vendieron como chatarras o fueron usadas en otros buques, el Domecq bajó las persianas y la deuda negociada y renegociada siguió creciendo gracias a Sourrille, Cavallo y tantos otros.
“Tomamos el astillero, rodeamos la Casa de gobierno, hicimos todo lo que pudimos. Pero lo cerraron y hubo compañeros que no volvieron a insertarse en su oficio. Lo perdieron por hacer cualquier cosa que les diera de comer”, señala María.
Pero aún dormido el Domecq García siguió despertando ambiciones. Miguel Ángel Toma quería venderle lo que quedaba a los iraníes. Alguien soñó con una Feria de Milán en sus instalaciones. Menem quiso vender las piezas de submarinos a Taiwán pero China puso el grito en el cielo.
Finalmente tras años de abandono, el Astillero Domecq García volvió a abrirse en el 2004 bajo la gestión del Presidente Kirchner para la reparación de media vida de los submarinos existentes y otros buques de la Armada. El proyecto busca impulsar en la zona un Polo Industrial Naval utilizando el predio del Astillero y de la empresa Tandanor, fraudulentamente privatizada, quebrada y hoy reestatizada pero en manos del juez de la quiebra. Mientras los 4 submarinos de Thyssen semiarmados o en piezas, siguen su destino de abandono.
Alejandro Olmos fue un destacado militante del peronismo de la resistencia. Desde su periódico “Palabra Argentina” se animó a organizar una marcha del silencio para desagraviar a los fusilados del 9 de Junio de 1956 en José León Suarez.
Fue compañero de “tipos” como Cooke, Jauretche y Marechal. Fue un pensador y un periodista, fue un luchador que escapó del paredón de fusilamiento, cayó preso y vivió años en el exilio. Una de las tantas dictaduras le quitó los documentos y lo privó por años de su identidad que recién pudo recuperar entrados los 90. Como siempre, gracias a un juicio.
Dos días después del desembarco en Malvinas presentó el inicio al juicio a la Deuda Externa en un Juzgado de Capital Federal. La famosa causa 14.467 con 30 cuerpos y 500 anexos, a la que durante 18 años aportó pruebas, llegó a un dictamen 3 meses después de su muerte.
El juez Ballesteros, sin condenar a nadie, resolvió en un fallo de 195 páginas declarar la Deuda Externa ilegal, inmoral, ilegítima y fraudulenta.
Desde la llegada de la democracia el campo popular se unificó bajo la consigna “No al pago de la deuda externa”, y al grito de “Pan y Trabajo, el Fondo al carajo”. Las razones eran las mismas que descubrió el juez una década después y otras como que la deuda ya estaba paga o que un gobierno democrático no puede hacerse cargo de la deuda contraída por los dictadores: la famosa Deuda Odiosa, según la jurisprudencia norteamericana, que Bush pretende utilizar para no pagar las cuentas de Saddam. O el Delito de ejecución continuada, según el cual las reestructuraciones de la deuda no pueden borrar el ilícito de origen.
En todas esas anduvo Don Alejandro, gastando guita y salud durante una veintena de años. Junto a Pérez Esquivel, Nóbel de la Paz, enjuició y condenó moralmente a los cómplices del saqueo y creó el Foro Argentino de la Deuda Externa.
La causa, el fallo y su libro “Todo lo que usted quiso saber sobre la Deuda Externa y siempre se lo ocultaron” fue el aporte final de su larga militancia. Para su suerte o desgracia, no llegó a ver como esa deuda ilegal, inmoral, ilegítima, fraudulenta, odiosa y que en parte, sería cancelada… al contado.
¿Y qué tiene que ver la deuda con los submarinos y la industria naval argentina? Todo. La deuda y la destrucción de la industria son la misma vaina y tienen el mismo origen: el proyecto agroexportador y un país para pocos.
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